
Los genocidas se ocultan. Hacen todo lo posible para ocultar sus crímenes y los medios de ejecutarlos. No lo hacen por vergüenza ni arrepentimiento. Conocen la naturaleza monstruosa de su crimen y por ello procuran cometerlo con impunidad. En todos los casos conocidos hasta hoy, los genocidas han intentado esconder sus actos, la forma o los medios mediante los cuales lo llevan a cabo, sus víctimas e incluso las «razones» que han llegado a inventar para justificarlos y justificarse. En fin, que los propios genocidas de algún modo reconocen el carácter cainita de su crimen y, como aquel que se escondió de su dios, se esconden ellos también no de ningún dios, sino de las leyes humanas.
Como casi todo, los genocidios también evolucionan. Hoy son públicos, se transmiten por televisión y las redes sociales, y se llevan a cabo con descaro, cinismo y, peor aún, con la connivencia (cuando no la complicidad) de muchos que en el pasado se erguían como jueces contra los monstruos genocidas.
En el siglo pasado, para asesinar a quien se consideraba un enemigo, los genocidas creaban campos de concentración o masacraban comunidades enteras allí donde estaban (para ahorrarse los costos de transporte hasta el campo de exterminio). Hoy ese «refinamiento», que sigue siendo deleznable, ha sido superado.
Los actuales genocidas disparan contra el objeto de su odio allí donde esté o crean que está: un hospital, un edificio residencial, una fila de civiles que huye de los ataques, un puesto de reparto de comida, un centro desde donde se informa sobre el conflicto y un largo etcétera. Y además, lo hacen a la vista de todos, sin esconderse e incluso jactándose de su “proeza”. Suponiendo que en el lugar atacado hubiera algún enemigo o combatiente (dato que siempre descansa en la afirmación unilateral del genocida), mueren con él los pacientes, las enfermeras, los médicos, los familiares, los niños, los ancianos, los periodistas. Que nunca muere «el enemigo» queda demostrado por un hecho palmario: el enemigo sigue estando en todas partes ergo hay que seguir matando. Y siguen, pues, matando. Hitler, en los últimos días de su derrota, durante la batalla de Berlín, cuando le pidieron que dejara escapar a la gente común, contestó macabramente: «En esta guerra no hay civiles.» El genocidio actual honra, funestamente, esas palabras.
Después de cada masacre genocida, los principales medios de prensa transmiten las escenas como si se tratara de una película de horror. En lo de horror tienen razón; en la valoración que hacen de ese horror es otra cosa: el consenso generalizado del mediasteam es que el genocidio es triste, pero… La transmisión del horror viene demasiadas veces acompañada de, o contaminada por, juicios de valor que normalizan el hecho, sí no es que lo justifican. El derecho a existir y a defenderse se alza como bandera que intenta encubrir el genocidio.
Nadie, ni personas particulares ni entidades privadas ni publicas ni estados ni organismos internacionales puede decir que no lo saben. El genocidio actual que Israel lleva a cabo contra los palestinos está todos los días en la televisión, la prensa escrita, la radio y la internet. Es un genocidio a plena vista.
Todos debemos tomar una posición al respecto: a favor o en contra del genocidio, sea de los palestinos o de quien sea. Y todos debemos apoyar y colaborar para que los genocidas y las causas del genocidio desaparezcan para siempre de la faz de la tierra.
San Juan, Puerto Rico – Septiembre 2025
FIN

