Revista trimestral sobre Puerto Rico y Estados Unidos: análisis, opinión, crónicas e investigación


Poemas de Eleuterio Santiago-Díaz

First Clay

                                                                                                              
We have arrived at the first clay.
Supreme will has buried the memory
of the fragmented worlds.
Celestial blue mirrors the eyes
of crabs in red procession.
A dirty face at the edge of Earth
doubles the wild flower
on the side of the trail.
The hindermost hymn
of an ancient woman
from the Mississippi Delta
is reborn in the midnight sun
of a remote cliff.
My early morning breath swings
in the song the wind intones
in the bamboo cadence.
We have arrived at the first clay.
Innocence is still warm under my feet.
Innocence emerges in miracles
as in the primal urge of nature
to regenerate
after the razor blade of Huracán.
From a deep rift in the soul of a piano
the universe pulses. Listen.
Now he sings, now he sobs.
(De Breaths, University of New Mexico Press, 2012)  

Primera arcilla

Hemos llegado a la primera arcilla.
La voluntad suprema ha enterrado la memoria
de los mundos fragmentados.
El azul celeste refleja la mirada
de miríadas de cangrejos en procesión roja.
Una carita sucia al borde del mundo
duplica a la flor silvestre
a la orilla del camino.
El himno postrero de una anciana
del Delta del Misisipi
renace en el sol de medianoche
de un acantilado remoto.
Mi primer aliento a la alborada
se mece en la canción
que el viento entona
al vaivén del bambú.
Hemos llegado a la primera arcilla.
La inocencia todavía está fresca bajo mis plantas.
La inocencia emerge en milagros
como en la urgencia primaria de la naturaleza
por regenerarse
tras de la navaja filosa de Huracán.
Desde una profunda grieta en el alma de un piano
el universo pulsa. Escucha.
Ahora canta, ahora solloza.
(Traducido por el autor)

 

 

 

La maldición del látigo

La armada de guerra estadounidense remeda
al domador del circo en su jaula.
Les ha dado tantos latigazos a los ‘animales’
que ahora teme darles la espalda.
Sólo le queda seguir dando latigazos.

 

 

 

 

Cómo la paz

Gaza es un cementerio hoy.
Bajo la enormidad de sus escombros
yacen demasiados muertos.
Cómo construirás, usurpador, tu casa en paz.
Cómo, la paz del cementerio.
En la noche, te asaltará el rumor de los ancianos derramado,
la angustia de las madres arrancadas,
el llanto dilatado de miríadas de niños sin sepelio.
La queja de infinidad de muertos desmembrados
que no han acrisolado la justicia ni el duelo.
Cómo construirás la paz de tu ciudad,
embriagado de tanto odio aciago.
No lograrás mirar hacia otro lado para no ver;
no habrá horizonte
que refresque tu larga vista.
Cómo llegarás a tu noche entre tanto clamor
de sangre hermana,
sabiendo que bajo tus plantas y tu sueño

se agazapa, voraz y justiciera,
la plaga niveladora.

 

 

 

El ojo de la guillotina

Es necesario pasar a los megarricos
y a sus esbirros
por el ojo de las mismas guillotinas
que vieran rodar las cabezas de los monarcas.

 

Manumisión

La manumisión es el preludio de la noche.
Todavía no estoy ahí, pero presiento su penumbra.
Dos escorpiones álgidos izan una visión.
Camino al borde del ocaso con siete camándulas en vilo.
Los huesos peregrinos anticipan los pasos.
Los huesos son el reverso de la indolencia.
No se divisa piedad en la mancomunidad;
la vejez es la vergüenza del ardor bohemio.
Mis amigos deambulan por las calles sin prisa
buscando en qué matar el tiempo.
Me llaman a su ocio, pero no me decido.
A veces me llegan postales de islas risueñas
adonde han ido a vacacionar, a despecho de sus insolvencias,
para aplacar las úlceras de la reclusión.
O acaso para decirse siemprevivos.
Les oigo sus crónicas por cortesía, pero no me les sumo.

Nunca entenderán que la calentura no está en la sábana;
pobre será su aura de malditos.
Los oigo hablar de enfermedades y susurrar oraciones más a menudo,
las mismas que les escuchaba de niño a los ancianos de mi pueblo.
Mi mundo se cierra sobre mí como una enciclopedia del pasado.
Todo parece estar volcado hacia abismos.
Unos cuantos muchachos me reclaman, pero como anticuario.
Me muevo en un orbe de evanescencias.
Si voy al cine, soy el más joven;
si voy a matinés de ferias de vinil, igual.
A veces hago un remolino y alboroto el polvo del camino de un planazo,
pero nada pasa; pronto se asienta y ni siquiera
se ensucian mis lengüetas.
En esta aldea mundi pululan las calamidades
con gula de caimanes, pero no me tocan.
Me asusta tener tan buena salud y brío
en tiempos desdestinos.
A mi edad, la salud no es ninguna bondad.
Es aterrador estar por encima del tiempo.
A toda hora se me vende holismo y bienestar a plazos cómodos,
como si la felicidad entendiera de precios.
Recuerdo cuando iba por hielo a casa de madrina Pancha.
Era a cinco centavos —no sé por qué me lo envolvía
en un saco de yute viejo.
Ice: índice de la modernidad tropical,
alquimia de sabores frutales de ensueño.
He sido yo gracias a tu magia…
Hoy el ayurveda me aconseja descreer del hielo.
La algarabía de trecientas ocas no impide
que toque mi flauta ni mi clavicordio
para mi interior, silvano, siguiendo la pauta
y los designios del profeta.
¿Qué quedará de tu reino azul? —¿El ojo rapaz
ardiendo en su estela?
Has de saber que no hay ruiseñores en mi corte hoy,
hace doscientas páginas que se extinguieron.
La manumisión es el preludio de la noche;
el filo de un relámpago magnifica mi fuga.
Alguien me aguarda en un palmar virginal:

la caneca y el palique, un vaivén ensoñador,
el cuerno pertinaz sobre la hierba.
La rosa de los vientos remonta a un mar austral,
cifra divinal de éxtasis espléndidos.
No queda en mi jornada nada por cerrar.
Pero ahora que los despojos del mundo
arden sin remedio, voy contra el fin,
atizando el paso en el polvo
con el candor febril de mi primera huella.

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