Revista trimestral sobre Puerto Rico y Estados Unidos: análisis, opinión, crónicas e investigación


Sin plaza, un estado del no-ser

A Ángela porque me entiende.

Iliaris A. Avilés Ortiz
Departamento de Humanidades, Recinto Universitario de Mayagüez 
iliaris.aviles@upr.edu 

Fantasma. Sin nombre, transparentado, invisibilizado, nada, gris. Esa es la situación de cientos de profesores cualificados en nuestro país, así como en Estados Unidos, Canadá, América Latina y Europa. Son conocidos como “profesores adjuntos”. Adjunto es sinónimo de pegado, dependiente, aquel que necesita supervisión y aquel que está incompleto.

La acuciante situación de los profesores adjuntos o por contrato es un asunto que puede abordarse desde diversos marcos y perspectivas. Por ejemplo, en el 2020, Gazir Sued Jiménez publicó Profesores desechables, en el que, además de documentar su caso administrativo y judicial contra la Universidad de Puerto Rico, presenta un recuento de las condiciones laborales del profesorado sin plaza. Recientemente, en el 2026, María del Mar Rosa Rodríguez, Alexis Rodríguez Ramos, Jorge Lefevre y Nydia Chéverez compilaron Al final de la fila: escritos sobre docencias desplazadas en la UPR, un libro que recoge testimonios y reflexiones de los sin plaza.

Los testimonios son importantes porque dotan a los números e informes institucionales de sentimiento y vida, también porque quienes lo vivimos, o hemos vivido, nos sentimos menos solos. Sin embargo, las palabras y los números no son suficientes para explicar las condiciones laborales, económicas y emocionales por las que pasa un profesor adjunto. Mucho más difícil es poder transmitir con justicia cómo lo pasan los profesores que por un tiempo prolongado son profesores temporeros; sí, nótese aquí la ironía y la contradicción de esta clasificación dentro de la jerarquía universitaria: profesores temporeros a largo plazo.

El objetivo que mueve este breve escrito, más que presentar marcos o estudios pormenorizados, es reflexionar sobre la condición del profesorado sin plaza, pues sus particulares circunstancias inciden directamente en las dinámicas y en el funcionamiento de nuestros centros de enseñanza superior. Lo que muchos miembros de la comunidad universitaria ignoran es que ser sin plaza termina convirtiéndose en una forma de existencia, en un estado del no-ser.

He tardado mucho en escribir esto, concretamente, once años. No por falta de inspiración, sino por las razones que iré describiendo, porque ser sin plaza te quiebra, ya no serás igual.

Sin plaza es ser temporero, lo cual implica no tener lugar; en teoría, estás ahí temporeramente. Tu contrato es semestral, no puedes echar raíces; sin raíces no puedes florecer. En lo personal es una inseguridad económica que te respira en la nuca; en lo laboral, es ser castigado como Sísifo a empujar una enorme piedra por una ladera empinada. Es vivir con ansiedad y angustia, resultado de cargas académicas imposibles solo para demostrar tu valía, lo bien formado que estás, por si un día lejano puedes dejar atrás esa etapa de profesor aprendiz. Vuelve el próximo día, la misma angustia, la misma fatiga que resquebraja tu autoestima. Eres Sísifo en un camino sin final.

Ahí nace una autoexigencia malsana que conduce a la quemazón. Estás, pero no estás; sin embargo, este estado del no-ser te consume tiempo. Se te exige investigar, descubrir, cuidar, hacer lo mismo o más que el colega con plaza que casi duplica, y en algunos casos, triplica tu salario. ¿Qué haces con ese tiempo que vale también oro y no es recompensado por igual? ¿Qué haces con ese tiempo que se necesita para reflexionar, pensar y articular? ¿Qué haces con ese tiempo que dejaste de dedicar a los tuyos? ¿Qué haces con ese tiempo que dejaste de cuidar tu salud? ¿Cuándo vas a dormir? El tiempo que se desvanece en cada instante; el tiempo, uno de los temas más vilipendiados por la academia neoliberal contemporánea. Para aprender, para pensar bien, necesitamos tiempo. Vivimos en una crisis del tiempo.

El no tener lugar, vivir sin plaza, te hace sentir extrañado, eternamente nuevo; el no tener lugar se vuelve motivo de inseguridad y miedo. No sabes dónde estarás; no sabes si encontrarás piso al resbalar, porque cualquier caída puede ser un fin, un adiós a continuar haciendo lo que te gusta, a proseguir con tu vocación. Sí, vocación, el motor para seguir. A ella se le añade el compromiso con los estudiantes, con la institución, y la convicción de que la educación integral transforma vidas y nos hace mejores seres humanos y ciudadanos.

Ser adjunto es vivir en un estado de aprendiz eterno, la institución se asegura de que te sientas así. Si logras una plaza, tendrás que repetir lo vivido, a demostrar lo demostrado, a seguir prolongando por unos años más ese estado de extrañamiento y explotación como si vivieras en un macabro rito de iniciación que no culmina: investigas, presentas, publicas, pero mueres la muerte lenta de saberte todavía en el estado del no-ser.

Ser aprendiz eterno te convierte en menor de edad; significa no ser verdaderamente autónomo y no tener tu propia voz. Tu opinión es de segunda porque para unas pocas cosas cuenta, para otras no. Puedes contribuir con tu trabajo y con el tiempo que sacrificas, pero sin transformar verdaderamente tu espacio, porque lo que dices y haces, a veces cuenta, otras veces no. Claro, todo depende. Depende de qué tipo de profesor sin plaza seas, porque dentro de este estado del no-ser universitario también existen jerarquías tácitas que se traducen en renovaciones, en carga, en oportunidades, en apertura a la colaboración.

Cuando eres profesor sin plaza aprendes a no decir nunca que no y a estar a merced de todo, incluso de aquello que te atropella porque eres blanco fácil, lo más vulnerable del sistema. Dentro de las dinámicas departamentales, te puedes convertir en la ficha del tranque, en el soldado a sacrificar en batallas que ni siquiera son tuyas. Eres totalmente prescindible y el balón en los juegos de poder de la institución. No hablemos de cobrar a tiempo lo ya trabajado o de calcular lo que la institución terminará debiéndote a perpetuidad en dólares y centavos por simplemente pertenecer a la clase adjunta.

Ser sin plaza es, incluso, vivir en una ficción. Tus estudiantes, a quienes guías, quienes aspiran a convertirse en tus colegas, porque comparten la misma pasión, no saben lo que pasa cuando no puedes comunicarte con ellos porque el contrato con la institución lo firmas apenas unas horas antes de comenzar el semestre; no saben cómo lo pasas cuando llega el verano, dejas de cobrar y te quedas sin cobertura médica; no saben que te continúas preparando, que continúas aceptando participar en todo, pero viviendo del aire y sin certeza.  Ser sin plaza deja una huella palpable porque eres el fantasma del que los estudiantes dudan al matricularse, aquel que no sabe con seguridad si tendrá su carga académica completa, aquel que el proceso de matrícula le estresa tanto como al estudiante de nuevo ingreso. Eres un prepa eterno, pero con grado académico. Cada año entregas la misma documentación.

En mi octavo año del no-ser, una de mis profesoras y colega retirada, me preguntó qué haría, si seguiría en ese estado del no-ser, le contesté que la docencia y la investigación eran mi vocación y que sabía que, dentro de todo, estaba en una posición de privilegio comparada con mi generación y con muchos de mis amigos y colegas, que la situación en el país estaba difícil, que ganaba bien con mi carga completa, que se me honraba mi grado y que no podía quejarme… Ella me habló con dureza, esa propia de las personas que nos quieren bien. Me dijo que sí, que sí podía quejarme, que esto se trataba de justicia laboral. De regreso a casa, lloré porque necesitaba que alguien, de la misma institución y que supiera lo mucho que trabajo, lo reconociera, que me lo dijera en la cara. Necesitaba que alguien me abriera los ojos para darme cuenta de que esta condición o estado del no-ser se había apropiado de mí, de mis sueños, de mis aspiraciones y mi salud, que se trataba de una injusticia.

En ese mismo trayecto recordé, con vergüenza y angustia, el día que con veinticinco primaveras y recién contratada, le pregunté a una colega temporera sobre los criterios para aspirar a una plaza. Ella ya llevaba una década sin plaza, el no-ser había comenzado a dejar estragos sobre su persona. Sin embargo, su excelencia, su amor y su vocación acariciaron con delicadeza la ingenuidad de mi pregunta. No olvido sus ojos brillantes tratando de responder. “Justicia” hubiera sido la respuesta, la palabra más adecuada. Pasaron diez años y, afortunadamente, dejamos de ser sin plaza, pero una vez este estado se instala en uno, se requiere de mucho esfuerzo para salir de él, porque ya se (re)vive como trauma, como herida del pasado.

A los colegas, a los administradores, ¡solidaridad y justicia a los sin plaza!

FIN

Iliaris Avilés Ortiz es doctora por el Programa en Pensamiento español e iberoamericano de la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente, es Catedrática Auxiliar en el Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez, donde enseña los cursos de Historia de la Filosofía, Ética y Estética. Ha dictado cursos en el Departamento de Estudios Hispánicos y en el Programa de Maestría en Estudios Culturales y Humanísticos de la misma institución. Desde el 2025, colabora con el Instituto Nuevos Horizontes del Recinto Universitario de Mayagüez, subvencionado por la Mellon Foundation, en temas vinculados al pensamiento crítico y a la relación entre las humanidades y las disciplinas STEM.

 

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