Revista trimestral sobre Puerto Rico y Estados Unidos: análisis, opinión, crónicas e investigación


Contrapunteos contracoloniales de cara a la policrisis en clave Caribe

       

Por Agustín Lao-Montes, Universidad de Massachusetts en Amherst       
       Malunga: Red por la Justicia Global y contra el Racismo Antinegro

El 25 de julio de 1898, la Marina de Guerra de los Estados Unidos invadió el archipiélago de Puerto Rico en el contexto de la guerra cubano-hispano-estadounidense-filipina que impulsó a los Estados Unidos como un poder imperial mundial. Al ocupar Puerto Rico, el general Nelson Miles anunció que venían a traer “las bendiciones de la civilización occidental”, ocultando su voluntad de convertir la Isla en una gran plantación de caña de azúcar y en un enclave militar. El 14 de febrero de 2026, en la conferencia de seguridad de Múnich, Marco Rubio, canciller de los EE. UU., hizo un llamado a los países europeos a “revitalizar una vieja amistad y renovar la mayor civilización de la historia humana.” Siguiendo esa lógica civilizacional, afirmó: “Somos parte de una misma civilización —la civilización occidental—: siglos de historia compartida, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ancestralidad y los sacrificios de nuestros antepasados.” Rubio formuló su propuesta como una renovación de una “alianza histórica que cambió y salvó el mundo” ante grandes amenazas como el comunismo soviético, ejemplificado por la construcción del muro de Berlín y la llamada “crisis de los misiles” en Cuba, ambas en el 1963 (el mismo año que se inauguró la conferencia de Múnich en la que hablaba), que según el pudieron llevar al mundo a la “debacle nuclear… un nuevo tipo de destrucción… más apocalíptica que lo visto antes en la historia humana.” [1]

A contrapunto, el canciller  estadounidense presentó al presidente Donald Trump como campeón de una “renovación y restauración” de nuestra civilización, “de las memorias, las tradiciones y la fe cristiana de sus antepasados como una herencia sagrada.” Alegó  que esa es la razón por la cual Trump “demanda seriedad y reciprocidad de sus amigos en Europa”, con quienes están conectados no solo económicamente y militarmente, sino también culturalmente y espiritualmente, porque “nuestro destino siempre estará enlazado con el suyo en el espíritu dinámico para construir un nuevo siglo occidental.” Rubio arguyó que para esto es necesario rehacer el sistema internacional que ellos mismos (es decir, el Estado imperial estadounidense) construyeron después de la Segunda Guerra Mundial, porque este orden de poder ya resulta ineficiente.

En esa clave, afirma que si la Organización de Naciones Unidas no pudo resolver la crisis de Gaza, “fue el liderazgo estadounidense el que liberó a los cautivos de los bárbaros y propició una frágil tregua.” Además, alegó que el sistema internacional imperante “fue incapaz de contener el programa nuclear de los clérigos chiitas radicales en Teherán [que] requirió el lanzamiento… de 14 bombas desde bombarderos estadounidenses… y… de hacer frente a la amenaza a nuestra seguridad que representaba un dictador narcoterrorista en Venezuela [y por eso] hicieron falta fuerzas especiales estadounidenses para llevar a este fugitivo ante la justicia.”

En este  discurso, que podríamos seguir analizando, destacamos  su crítica al globalismo que según Rubio pretende crear un mundo sin fronteras cultivando inmigraciones masivas, que “amenaza[n] la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestro pueblo”. Este es un texto clave del discurso imperial de la era de Trump que revela sus apuestas, sus perspectivas, y sus estrategias retóricas. Destacamos dos elementos del discurso, el occidentalismo colonizador y el nacionalismo imperial neofascista.

El occidentalismo colonizador afirma la superioridad de una supuesta civilización occidental cuya cuna es Europa reclama una genealogía de superioridad en la razón, la ciencia, la ética, la estética, la religión, y el buen gobierno, que traza a la antigüedad greco-romana, dotándola de la autoridad para dominar el mundo. En el discurso de Rubio se ve la invocación a una tradición milenaria que articula las historias de Europa y los EE. UU., casi naturalmente como los amos de todo el mundo, y el Destino Manifiesto de gobernar el planeta, para usar dos figuras retóricas clave del homo imperialis occidental, el sujeto imperial blanco implícito. Esto resume la visión global que configura el discurso occidentalista blanco de Rubio.

A su vez, y en cierta tensión con el occidentalismo, el nacionalismo imperialista yanki, informa el antiglobalismo y la xenofobia que expresa el canciller. Su sentencia contra la apertura de bordes como un peligro inminente contra la integridad de las sociedades occidentales revela un inconsciente racial de miedo y desprecio contra lo percibido como una horda de aquellas que el sociólogo WEB Du Bois llamó los “pueblos oscuros del mundo” en el 1897., Esto quedó demostrado  en el hecho que Trump concedió asilo político a un grupo de afrikáners sudafricano a la vez que militarizó ciudades  estadounidense para agredir y deportar a migrantes del otro lado de la línea de color. En esa clave, el nacionalismo imperial neofascista que defiende Rubio se  fundamenta  en una doble militarización que corresponde a la consigna hacer América grande de nuevo: ocupar el territorio estadounidense con la policía militar de migración (ICE), mientras emprende iniciativas geopolíticas, ancladas en el poder militar gringo para dominar el mundo, donde el denominado hemisferio occidental—de Groenlandia a la Patagonia—es el punto de partida.

Aquí quiero dar un giro a la presentación, más allá del discurso de Rubio, sin dejar de hacer tres observaciones que revelan su carácter neofascista, encubierto en su tono diplomático. Primero, es interesante que Rubio admita la incapacidad del sistema internacional imperante de solucionar lo que llama crisis que en realidad es un genocidio en Gaza. Sin embargo, miente de manera descarada al decir que solucionaron lo que en realidad es una condición continua y creciente de exterminio del pueblo palestino, presidida por las fuerzas letales de EE. UU. e Israel. Esto encubre la indolencia, expresa en la afirmación de Trump de que desea convertir a Gaza en un resort turístico, a la vez que revela una instancia de la normalización de la mentira como recurso de terror imperial.

Esto nos lleva a su descripción del secuestro del presidente Nicolás Maduro como un acto de justicia, cuando el mismo gobierno estadounidense observó que el Cártel de los Soles no existe, lo que traducimos a manera de admitir que es una ficción ideológica para ejercer el poder despótico imperial. Mas aun, en la conferencia de prensa el 3 de enero del 2026, cuando ya Maduro estaba camino a una cárcel estadounidense, Trump anunció su voluntad de apropiarse del petróleo venezolano y gobernar el país, las causas reales del intento de cambio de régimen.

Ambas mentiras son dispositivos del nacionalismo imperialista neofascista, como demostraremos más adelante. Finalmente, es importante observar que el discurso de Rubio ocurrió dos semanas antes del ataque que inició la guerra de EEUU e Israel contra Irán el 28 de febrero, también apoyada en la mentira de que estaban frenando una iniciativa nuclear del país atacado, cuando sabemos que el bombardeo ocurrió en medio de diálogos donde Irán se comprometió a no producir armas nucleares. ¿Qué nos dice este escenario para la temática de este seminario: Policrisis, Sociología Crítica y Tensiones Geopolíticas, desde una posicionalidad y perspectiva caribeña?

Tocando ese tambor epistémico y político, en el resto de esta conferencia intentaremos responder en lo posible a tres conjuntos de preguntas, en este orden: Primero: ¿Qué es la Policrisis? ¿Qué y por qué el neofascismo? ¿Qué lugar ocupa el Caribe en este momento de ofensiva imperial neofascista? Segundo: ¿Qué constituye la sociología crítica y cuál es su quehacer, sus categorías y sus perspectivas y proyectos en este cambio de época?  Por último, ¿Qué recursos de esperanza nacen del repertorio político y epistémico caribeño de cara a la crisis civilizatoria en clave contracolonial para construir futuros posibles de liberación y buen vivir?

¿Qué significa la caracterización de esta época en la historia mundial como crisis civilizatoria o policrisis? Cuando hablamos de crisis nos referimos a una situación insostenible de malestar en las aristas principales (económica, política, ecológica, intersubjetiva) de los procesos societales, que requiere cambios sustantivos. En esa óptica, nuestro argumento es que no solo es una disrupción de la economía y la política, sino también de las lógicas culturales, éticas, epistémicas y ecológicas del sistema-mundo moderno/colonial que se encuentran en una condición de malestar sostenido que demanda soluciones y transformaciones.

La palabra “crisis” se deriva del griego significando “ese momento liminar en el que se decide el desenlace de una dolencia, en el que el cuerpo escenifica el ‘juicio final’ a partir del cual se impone definitivamente la enfermedad o la salud.” En la filología griega, Krisis –“decisión”– procede de Krio –“yo separo, decido, juzgo”– y de ambos se desprende “crítica”. Una crisis, pues, es esa situación en la que se dirime el destino y se revelan los límites de un organismo vivo o una estructura compleja. Estar en crisis significa una coyuntura crítica en la que se decide la suerte del sistema mismo y por eso es un momento clave para ejercer la capacidad de criticidad.

Lo contrario de krisis es kairos, que en la filosofía griega y romana era la “oportunidad”, el “momento justo”, la grieta temporal de la intervención divina. La krisis es también nuestro kairos.[2] las crisis sistémicas se deben entender como momentos de grandes riesgos y sufrimientos para la mayoría de la humanidad, largas coyunturas de hambrunas, desempleos, guerras, violencias múltiples, pérdidas de vida y destrucción ecológica. A su vez, contempla periodos de emergencia de nuevos modos de vida, de insurgencia de movimientos, alternativas libertarias y de equidad sustantiva. En ese sentido se podrían entender tanto a partir del concepto naturista de “crisis curativas”, a través de la noción de Schumpeter de “destrucción creativa” debido a que implica tanto destrucción de lo viejo, como creación de algo nuevo. En resumen, crisis es una categoría clave en el discurso crítico que significa las condiciones en la cuales se imponen transformaciones estructurales ante el hecho de que las formas y normas fundamentales de funcionamiento de un sistema social no está funcionando bien, por lo que genera situaciones de caos, malestar colectivo, carencias, violencias, resistencias y posiblemente re-existencias.

Aquí usamos el concepto de civilización occidental capitalista para referirnos a las lógicas dominantes de economía, gobierno, conocimiento, estética y subjetividad que surgen y se mantienen en la matriz de poder moderna/colonial imperante en los procesos de globalización que iniciaron en el largo siglo XVI. La civilización occidental capitalista significa una lógica civilizacional (es decir, un paradigma de vida y muerte) regida por la búsqueda desmedida de ganancia, relaciones mercantiles de competencia, formas de gobierno que separan jerárquicamente gobernantes y gobernados, valorizaciones estético-culturales y epistémicas que afirman la superioridad de los sujetos y culturas occidentales sobre el resto de la humanidad, y prácticas individualistas de intersubjetividad. Dicha lógica civilizacional se fundamenta en una razón instrumental dirigida por un sujeto imperial —varón, heterosexual, letrado, blanco— que busca dominar tanto la naturaleza como sus otredades —de clase, género, sexualidad, étnico-raciales, territoriales. Esto resulta en lógicas destructivas, de muerte, a través de prácticas de ecocidio, epistemicidio, etnocidio, espriticidio, genocidio y femicidio que han permanecido a través de sus más de 500 años de existencia.

Nuestro argumento es que la crisis actual es la más profunda y definitiva, pues trastoca todas las aristas y los procesos fundamentales de la modernidad capitalista y su matriz de poder. Es por esa razón que la caracterizamos como una crisis de la civilización occidental capitalista en su conjunto, y declaramos con Aimé Césaire que marca la decadencia de dicha matriz societal. En esa vertiente, enfatizamos algunos rasgos del capitalismo contemporáneo en diálogo con la caracterización que hace Aníbal Quijano de la crisis actual, lo que también implica una crítica de la economía política, si esta se asume como una analítica de procesos político-económicos desarticulados de otros fenómenos fundamentales en la vida social (ecológicos, culturales, epistémicos, ideológicos).

Para Quijano (2001) la “crisis raigal” implica una reconfiguración del patrón de poder en todas sus aristas, desde la explotación del trabajo y los procesos de acumulación de capital, hasta los regímenes políticos, las prácticas culturales, los modos de comunicación y conocimiento, y las formas de subjetividad. La crisis realza los elementos despóticos del patrón de poder, tanto en los centros metropolitanos como en regiones y países “periféricos”, lo que conlleva a la erosión definitiva de las formas democráticas de la modernidad capitalista y a una “reconcentración del poder” y “privatización del Estado”, todo lo que indica la emergencia de formas institucionales y culturas políticas de corte autoritario de corte neofascista. Toda esta dinámica le otorga un nivel central a las luchas epistémicas por sentidos, memorias, valorización de saberes y experiencias, que definen el carácter de la subjetividad y los horizontes de futuro.

En esta vena, Quijano argumenta que “los deseos y necesidades de poder y de lucro de los controladores de este poder son, cada vez más, ilimitados y perversos”. Todo proceso social es, en ese sentido, instrumental para esos fines. Eso lleva a la destrucción de “nuestra casa común, el planeta, y a matarnos entre nosotros”. En esa clave, concluye que “de ese modo, en su fase actual este patrón de poder es el mayor peligro global” y que “el actual nuevo período implica el conflicto más profundo del capitalismo colonial/moderno (lo que) nos coloca a todos en una auténtica encrucijada histórica” (Quijano, 2001).

Las crisis del sistema-mundo moderno/colonial capitalista son recurrentes y crecientes. La crisis actual es la de mayor escala y profundidad que este sistema histórico ha experimentado, y por eso se cuestiona la capacidad que pueda tener el sistema de revivir sus condiciones de rentabilidad, crecimiento y reproducción. Varios de los analistas de la crisis actual la entienden como terminal, dado que el capital en su fase de globalización neoliberal ya ha intentado colonizar todo el planeta, se acaban los espacios de mercado que abrir, el trabajo se ha precarizado, y la burbuja financiera ya estalló. También hemos planteado que la crisis consiste en mucho más que sus dimensiones de economía política.

La peculiaridad principal de la crisis presente es que es real y efectivamente una crisis de la civilización occidental capitalista en sus múltiples dimensiones y lógicas diversas. Postulamos seis dimensiones de la crisis actual, las cuales denominamos: crisis ecológica, económica, epistémica, ético-cultural, política, y de intersubjetividades. Según Francois Houtart, “lo que especifica la situación presente, si se compara con otras crisis, en particular la del 1930, es la convergencia de varias crisis, de alimentación, energía, y climática, combinadas con las consecuencias sociales de pobreza, desempleo y migraciones”, y por eso le llamamos policrisis. (Houtart, 2009)

La cuestión de las crisis recurrentes y crecientes de la modernidad capitalista es asociada a la emergencia de regímenes autoritarios que, a partir de la autodefinición del gobierno de Mussolini en la Italia de la década de 1920 y la emergencia del nazismo en Alemania en la crisis mundial de los 1930, se denominan fascistas. Por mucho tiempo, la relación entre capitalismo, crisis y fascismo ha sido motivo de debates donde identificamos tres tendencias:

1) Identificar el fascismo como una forma del estado de excepción de la Europa en crisis de principios del siglo XX;

2) Considerarlo una tendencia despótica antidemocrática en la modernidad capitalista que adquiere relieve y se exacerba en periodos de crisis;

3) Entenderlo tal un componente clave de las formas políticas del capitalismo racial-patriarcal que rige tanto en escenarios coloniales como en los modos de controlar y gobernar sujetos racializados en espacios metropolitanos.

Nuestro argumento se sitúa en las últimas dos posturas, desde una larga genealogía tanto en la tradición radical negra como en el discurso crítico caribeño.

Tocando ese tambor, Aimé Césaire en su Discurso sobre el colonialismo planteó que el fascismo “no fue una aberración histórica en mayor medida que el colonialismo y la esclavitud transatlántica”, sino más bien “fue y es una disciplina social moderna de dominación” fundamentada en la aplicación en Europa de las tecnologías de terror colonial. En clave, George Padmore, otro intelectual radical afrocaribeño, campeón de la llamada cuestión negra en la Internacional Comunista, argumentó en 1936, que el racismo colonial de asentamiento fue el caldo de cultivo para el tipo de mentalidad fascista desatado en Europa. Décadas después, Padmore calificó el estado racial de Sudáfrica como “el Estado fascista clásico del mundo”.

La relación entre colonialismo y racismo son fundamentos del fascismo en tanto tendencia clave en el sistema-mundo moderno/colonial entendido como capitalismo racial tiene una vieja historia en la tradición radical negra. A principios del siglo XX, los fundadores negros de la sociología, como W.E.B. Du Bois y Oliver Cromwell Cox, trazaron la relación entre capitalismo racial, imperialismo y fascismo. Du Bois, primer doctorado en sociología en los EE. UU., planteó una “identidad cultural entre el racismo y las democracias putativas” para hacer una crítica de los límites de la democracia liberal en sociedades derivadas de la esclavitud y el colonialismo. En sintonía, Cedric Robinson, autor de Marxismo Negro, escribe sobre la crítica negra del fascismo como un posible antídoto a la “fabricación ideológica del fascismo como una negación del espíritu occidental”.

A contrapunto de la concepción del fascismo como excepción a un supuesto estado normal de democracia liberal, la intelectual feminista negra Angela Davis y el prisionero político de las Panteras Negras George Jackson (Soledad Brother) esbozaron la manera de teorizar el fascismo a partir de la experiencia directa del nexo violento entre el Estado carcelario y el capitalismo racial. En esa clave, se celebró una conferencia del Frente Unido contra el Fascismo en 1969, que congregó a un amplio espectro de la izquierda, activistas asiático-americanos, chicanos y puertorriqueños que habían desarrollado sus propias perspectivas sobre el fascismo estadounidense. Por ejemplo, al poner en primer plano la experiencia del internamiento de japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

La corriente o tendencia fascista en el estado imperial gringo, al interior de su sociedad y en su política exterior, enraizada en su carácter de estado colonizador racial (settler state), resurge con fuerza en 1980, con la combinación de neoliberalismo y neoconservadurismo del presidente Ronald Reagan. En esa clave, Nikil Pal Singh analiza los contenidos fascistas de las “guerras preventivas” del imperialismo estadounidense en Irak fundamentadas en sus lógicas racistas que deshumanizan y objetualizan la figura del árabe como terrorista, rehusando así distinguir poblaciones civiles de objetivos militares. Durante la Primera Guerra del Golfo escribió: “la lógica racista de la guerra actual sacrifica cuerpos que pueden ser torturados o asesinados con impunidad… con el objetivo de expandir la zona donde el poder opera… con la constitución de nuevos sujetos sin derechos”. (Singh, 2006).

Invocando la normalización del estado de excepción de Giorgio Agamben y anticipando la voluntad de su naturalización con Trump, afirma que: “El espectro del fascismo acecha la cultura política estadounidense… esas zonas de exclusión interna dentro de las sociedades liberal-democráticas (plantaciones, reservas, guetos y prisiones) y la militarización sin precedentes de la sociedad bajo la sombra de la aniquilación nuclear mundial y el Comando Aéreo Estratégico de los EEUU.” Revelando claramente las fuentes del trumpismo, Singh nos recuerda que Curtis LeMay prometió bombardear a los vietnamitas “hasta devolverlos a la Edad de Piedra” (de esta manera Trump se expresó  recientemente en referencia a Irán), y que “la Guerra contra las Drogas introdujo el uso  generalizado de tácticas extralegales, la entrega extrajudicial,el secuestro de narcotraficantes extranjeros [razón que dieron para la invasión de Panamá en el 1989] y la externalización de sus interrogatorios a países propensos a la tortura”. Como consecuencia, en “las guerras de agresión presentadas como legítima defensa, el encarcelamiento indefinido, las masacres administrativas, los secuestros, las desapariciones, y la denegación del debido proceso, las prisiones secretas”, en su mayoría antiguas tecnologías del poder despótico imperial, se van convirtiendo en dispositivos ideológicos y en sentido común. (Singh, 2006).

Para concluir esta parte, presentamos un breve análisis del neofascismo o sus nuevas encarnaciones, en diálogo con Federico Finchelstein, autor de varios libros que estudian el fascismo como una forma política global, y Alberto Toscano, que acuña el concepto de “fascismo tardío” para conceptualizar sus versiones actuales. Finchelstein define el fascismo en su dimensión de  un fenómeno transnacional de carácter multifacético e incoherente, no reducible a sus expresiones europeas, que requiere investigación comparada de sus ideologías, prácticas, dispositivos de poder y modos de sujeción. Esto no niega un núcleo común de carácter: hipernacionalista, racista, proimperialista, militarista, heteropatriarcal, antidemocrático, anticomunista, antiintelectual y glorificador de la violencia. Lo describe en términos de “un conjunto de tropos fundamentales, valores distorsionados y sentimientos en torno a la violencia, la guerra, la nación, lo sagrado y lo abyecto [donde] la matriz fascista se constituye a partir de binomios tradicionales: «nosotros frente a ellos» o «civilización frente a barbarie… La importación fascista de esta noción del «otro», tal un ser totalmente abyecto, aportó una dimensión central a su ideología… El fascismo representa una concepción particular del monopolio estatal de la violencia: el totalitarismo.”

Finchelstein también plantea que “no es meramente reaccionario porque pretende crear un nuevo orden y una nueva civilización”, representada en un sujeto mesiánico guerrero dispuesto a usar la guerra y el genocidio para imponer un nuevo orden civilizacional en defensa de amenazas, como vimos en el discurso de Rubio. Esto cumple la función de un repertorio fascista que le identifica como racionalidad política y que sirve de punto de partida para la investigación, lo que resulta útil para la pequeña industria de pesquisas que surge sobre las nuevas derechas y una especie de internacional neofascista que enlaza a Trump en los EEUU (con su pretensión de gurú imperial) con Bolsonaro en Brasil, Milei en Argentina, Netanyahu en Israel, y Modi en India.

De Toscano quiero resaltar el carácter contrarrevolucionario del fascismo en el sentido de radicalizar las formas autoritarias y totalitarias de la gobernanza imperial y del capital que Du Bois denominó “la contrarrevolución de la propiedad” y Herbert Marcuse como “contrarrevolución preventiva de la transformación socialista”. Por otro lado, Toscano argumenta que el fascismo tardío o neofascismo, no es simplemente un modo de manejar la crisis, sino una racionalidad política emergente que apunta a un modernismo antidemocrático que pretende aniquilar lo que resta de democracia neoliberal en una época donde el poder imperial y la rentabilidad del capital demandan otro sentido común, formas de subjetividad, y ordenamiento de poder, la era de los genocidios, como demuestran Gaza, el Congo, y Sudán.

Es un momento de transición global donde prima la necropolítica del capital imperial, un mundo multipolar volátil, impredecible y violento que amenaza en fragmentarse en campos de poder despótico que pueden devenir en capitalismos regionales autoritarios o en lo que con el capitalismo virtual de la nueva revolución tecnológica algunos sociólogos han llamado “tecnofeudalismo” que podríamos también llamar tecnofascismo. En este escenario distópico, donde señala Angela Davis que el complejo militar-carcelario estadounidense crece como un “enclave racializado o laboratorio para las estrategias y tácticas fascistas de la contrarrevolución”, ¿qué lugar ocupa el Caribe en tanto lugar geopolítico clave y en cuanto fuente generadora de sentipensamiento crítico y políticas de liberación? (Davis, 2016).

En el imaginario imperial gringo, el Caribe se concibe como “patio trasero” desde el siglo XIX. A contrapunto, consideramos que el Caribe ha sido un laboratorio de modernidades desde la concepción del sistema-mundo moderno/colonial capitalista en el largo siglo XVI. En una boletín de CLACSO donde se analizan las causas e implicaciones de la intervención militar de los EEUU en Venezuela, que tuvo como clímax el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores, se argumenta que el “segundo gobierno de Trump, América Latina y el Caribe es un laboratorio de control de la política internacional”, en vista de que la región ha sido desde el siglo XIX, como plantea Grandin, el taller imperial donde se ensayan sus diseños globales de poder y gobierno. Como bien plantean los artículos, esto no es nuevo, lo que demanda una explicación de la especificidad y novedad de la renovación de la Doctrina de Monroe de 1812 —“América para los americanos” estadounidenses (contra cualquier poder foráneo al llamado “hemisferio occidental”), que en la era de Trump denominan de Donroe.

Vemos las coordenadas del cambio desde dos ángulos articulados por la consigna del movimiento neofascista MAGA “Hacer América grande de nuevo”: una potenciación agresiva del gobierno autoritario de supremacía blanca heteropatriarcal dentro de los EEUU; y una ofensiva brutal para recuperar el poder imperial gringo en el mundo, por cualquier medio necesario y a cualquier costo, afirmando su poderío militar y reclamando liderato geopolítico con poca fineza diplomática. A partir de una racionalidad política maniquea de “amigo o enemigo” se afirma autoridad y derechos de gobernar por decreto y por encima de la ley en el territorio de los EEUU. El propósito es frenar alegadas amenazas de inmigrantes ilegales, clases peligrosas, feministas, LGTBQ+, activistas y comunistas que alegadamente ponen en peligro la seguridad e integridad nacional, lo que justifica gobernar por decreto, aniquilar el disenso, transgredir las normas liberales, y militarizar ciudades.

El mismo principio corresponde a una voluntad de dominio hemisférico donde prima la coerción sobre el consenso, la dominación sin hegemonía, a través de un repertorio de gestos retóricos y prácticas políticas que combina sanciones económicas, amenazas, insultos, ocupaciones ilegales de espacios marítimos y aéreos. Esto es una especie de piratería tardomoderna, bloqueos de bienes básicos, y agresiones militares de gran escala.

El escenario principal de esta política imperial neofascista es el Caribe, debemos prestar atención a dónde se ubican las fuerzas militares, además de los dos países que han sufrido de manera más directa y profunda ese conjunto de agresiones, que son Venezuela y Cuba. El secuestro del presidente Maduro el 3 de enero de 2026 fue precedido por varios meses de presencia militar masiva de los EE. UU. en el mar Caribe, la reactivación de Puerto Rico en su función de enclave militar, y el uso de países como República Dominicana y Trinidad y Tobago como aliados en la remilitarización de la región. Hay varias consideraciones clave para entender esta movida imperial en su mal llamado ‘patio trasero’. La primera es que la agresividad imperial en crescendo es sintomática de la crisis terminal de la hegemonía —económica, política, e ideológica— del imperio gringo.

La caída del reino del petrodólar en la economía mundial, la primacía comercial de China en la región, la emergencia de un mundo multipolar con un giro del Atlántico al Indo-Pacífico, el surgimiento de los BRICS+ con autonomía en comercio y finanzas, las mareas rosadas de gobiernos progresistas, y los tsunamis políticos de movimientos antisistémicos construyendo alternativas radicales a la crisis con propuestas prácticas fundadas en racionalidades vitalistas que combaten las injusticias y violencias de la modernidad capitalista periférica con consensos de solidaridad, cuidado de la casa común, integridad territorial, y poder comunitario, con efectos anticapitalistas, antirracistas, y antipatriarcales, constituyen una amenaza al reinado del capital y el imperio. En ese escenario, exacerbado por la policrisis civilizatoria, se despiertan los excesos del terror imperial. Parafraseando a Antonio Gramsci, es una coyuntura de interregno, donde lo viejo no ha muerto y lo nuevo no ha nacido aún, y en ese claroscuro salen al relieve los monstruos.

Volviendo a la figura del Caribe, considerado patio trasero del imperio, uno de los grandes peligros de este momento es la normalización y naturalización de la violencia imperial. Los cerca de 100 pescadores en embarcaciones pequeñas, asesinados por la marina de los EE. UU. en aguas caribeñas, tienden a quedar fuera de registro mediático y de memoria colectiva, al igual que las personas que fallecieron combatiendo la agresión militar a Venezuela del 3 de enero, incluyendo 32 cubanos de la escolta del presidente Maduro. La remilitarización del Caribe, la agresión militar en Venezuela que provocó el secuestro de su presidente y la imposición de medidas para apropiar sus grandes reservas de hidrocarburos y minerales, de interés para un imperio en declive cuyas reservas de petróleo se agotan y compite en desventaja con China, y  el anuncio constante de la posibilidad de invadir a Cuba representan un punto de inflexión, una especie de recolonización del Caribe como punta de lanza de una nueva política de diplomacia de guerra con tecnología de punta.

La agudización del bloqueo económico de Cuba por el dúo letal de Trump y Rubio, que intenta frenar el flujo de alimentos y de suministros de combustible, ha sido descrita a manera de “Gaza en cámara lenta”, un ensayo de genocidio de baja intensidad a unas noventa millas de la frontera sur del territorio imperial estadounidense. La amenaza constante y el peligro patente de invasión en Cuba y Venezuela constituyen una condición de coerción imperial que busca disciplinar la región, considerada zona de ensayo para un proyecto delirante de gobernanza mundial imperial de corte neofascista. La voluntad de apropiar los recursos minerales venezolanos e imponer un cambio de régimen en Cuba, demuestra una estrategia de acumulación por desposesión y desastre a gran escala que se expresa en el deseo perverso de Trump de convertir a Gaza en un resort turístico que podríamos describir como una caribeñización. Esto demuestra que el Caribe es un laboratorio de modernidades de dominación imperial y explotación capitalista, pero también es un laboratorio de liberación.

El Caribe es escenario de las dos grandes revoluciones en las Américas, la Revolución Haitiana en el siglo XIX y la Revolución Cubana en el siglo XX. Ambas demostraron el carácter del Caribe como “frontera imperial” (para usar la categoría de Juan Bosch), donde los imperios occidentales compiten por la hegemonía y elaboran diseños globales. Hoy ambos países sufren una severa crisis, en parte porque, como dijo Maurice Bishop (el primer ministro de la isla caribeña de Granada, asesinado en la invasión estadounidense de 1983), cuando EE. UU. sufre una gripa, aquí nos da pulmonía. Haití fue fundada como primera república negra del mundo a partir de una revolución de esclavas que no eran consideradas humanas, pero vencieron al ejército de Napoleón, gestaron la descolonización como forma política, crearon la primera reforma agraria, e inventaron la negritud como identidad histórica. Por eso, les cayó un boicot imperial que Eduardo Galeano llamó “maldición blanca”, que incluyó una deuda impuesta por Francia de 150 millones de francos oro —como compensación al imperio y a esclavizadores— que le cambió de ser la colonia más rica, al país más pobre de la región, junto con un repertorio de intervenciones imperiales que llega hasta hoy día.

La comunidad caribeña-CARICOM, encabeza un movimiento global demandando reparaciones históricas por cuenta del colonialismo y la esclavitud, y sus secuelas en la colonialidad y el racismo estructural, que tiene como uno de sus pilares la devolución a Haití de esa riqueza que hoy se calcula en $240 billones. Esta disputa sobre la deuda revela cómo, de cara a una profunda disyuntiva de época entre Thanatos y Eros, ante un dilema histórico trascendental, concebimos la justicia reparativa como una suerte de sanación de un mundo enfermo. Las reparaciones históricas demandadas por CARICOM, más que un reclamo de compensación mínima por una deuda impagable, constituyen un recurso de salvación para un planeta en peligro de muerte. El futuro del planeta se juega en el Caribe, la zona de Exu, el reino de las encrucijadas donde se dilucidan tanto diseños de dominación como políticas de liberación.

Ante la pérdida inminente de hegemonía —económica frente a China y el fracaso militar en la guerra en Ucrania contra Rusia—, el imperio gringo está decidido a recolonizar las Américas comenzando por el Caribe, una empresa cuyas dos cartas principales son su poderío militar y las alianzas con gobiernos de derecha como los de Milei en Argentina, Kast en Chile, Bukele en El Salvador y Asfura en Honduras. El imperio en declive es capaz de causar mucho daño para “recuperar” su dominio. Estamos ante una disyuntiva histórica profunda, en la que nuestras decisiones y acciones políticas marcan la diferencia entre la guerra y la paz, y entre la vida y la muerte. La guerra en Irán, a la cual no se le ve fin, revela que la supuesta invencibilidad del imperio yanki es un mito, a la vez que profundiza el caos sistémico y nos acerca más a la posibilidad no solo de una guerra mundial, sino de una catástrofe nuclear.

¿Qué dice y hace la sociología crítica ante esa disyuntiva? Celebramos la temática de este seminario de enfocar la sociología crítica en relación con la policrisis y las tensiones geopolíticas porque si nuestro campo de investigación no da prioridad a estudios y análisis que busquen comprender la complejidad de un mundo enfermo para ayudar a construir alternativas, nuestro quehacer profesional es inútil. La sociología crítica requiere una tarea dual de formular instrumentos para la crítica de la dominación a la vez que interviene a favor de la emancipación, como plantearon Adorno y Horkheimer. Desde el ángulo de la intelectualidad vernácula radical, reivindicamos la propuesta de Nego Bispo de construir conocimiento contracolonial en la praxis liberadora para el buen vivir, a contrapunto y contracorriente de la matriz de poder moderna-colonial.

Tocando ese tambor desde el discurso crítico caribeño, abogamos por una creolización de la sociología a partir de la propuesta de Édouard Glissant de una lógica de pensamiento archipiélago. Es el pensamiento se nutre de un diálogo continuo de saberes plurales para comprender mejor un mundo cada vez más opaco e impredecible y requiere creatividad e imaginación en la gestión colectiva para el buen vivir. Es la gestión que potencia y construye modos de convivencia basados en la protección de la casa común, el cuidado de la vida, la solidaridad humana, la gobernanza radicalmente democrática, y la soberanía comunitaria; a contrapunto de las prácticas de muerte, la depredación ecológica, y el despotismo neofascista que nos quieren imponer el capital y el imperio.

Concluyo con una reflexión sobre Puerto Rico, país donde nací, con la distinción de ser la colonia más antigua de la modernidad, y el milagro original del desarrollismo, ahora en una crónica crisis colonial. Si hasta la década de 1960, Puerto Rico era el segundo mercado de productos de los EEUU en las Américas y era una zona subimperial financiera y militar en el Caribe, cuando estalló la crisis mundial en los 1970, entró en un declive permanente que, para principios del siglo XXI, llegó a una bancarrota fiscal del estado colonial. El desempleo estructural expulsó masivamente la población a los EEUU y, con el huracán María en el 2017, se proyectó globalmente por la carencia prolongada de infraestructura de alimentación, energía, seguridad y servicios de salud.

Meses después del huracán, Naomi Klein llegó a la isla a una reunión con activistas e intelectuales organizados contra el capitalismo del “shock”, para afrontar una situación similar a lo acontecido en Nueva Orleans después del huracán Katrina, donde el gran capital de los bienes raíces y el turismo se aprovechó para hacer ganancias del desastre. En esa reunión, al igual que en el Foro Social de Puerto Rico del 2006, la constelación de organizaciones de movimiento social demostró lo que llamamos una nueva política de descolonización y liberación que articula luchas ecológicas, comunitarias, culturales, antirracistas, antimilitaristas, estudiantiles, feministas, y por la diversidad sexual, que constituyen un nuevo sentido común contracolonial a favor de nociones radicales del buen vivir.

Para concluir, quiero dar rápidamente algunos ejemplos de estas luchas anticoloniales. La primera es la Colectiva Feminista en Construcción, que enlaza reivindicaciones antipatriarcales con luchas por la diversidad sexual y la condonación de la deuda fiscal, con la independencia política y la democratización radical de los espacios sociales. La segunda es un movimiento por la agroecología orgánica que ha renovado la producción agrícola y el consumo saludable, que está ligado a la red global Vía Campesina. La tercera es Casa Pueblo, un centro comunitario ecologista que combina educación popular para promover la salud ambiental y la organización política contracolonial con la promoción de energía solar, que fue el primer lugar que proveyó energía después del huracán María.

Por último, resaltamos la politización de las estéticas juveniles como el reguetón, donde destacamos artistas como Residente Calle 13 y Bad Bunny, que han convertido este género de música y baile en una expresión de lucha contra el colonialismo gringo en Puerto Rico y más allá. Esto se demuestra en la canción «Latinoamérica» de Residente Calle 13, que ya es una especie de himno del nuevo latinoamericanismo radical. En esa clave, Bad Bunny, uno de los artistas de más éxito en la historia de la industria musical mundial, le dedicó su concierto en Chile al cantante revolucionario Víctor Jara, en el mismo estadio donde este fue asesinado en 1973 por la emergente dictadura de Pinochet. Además, cerró su controversial concierto en el Super Bowl con dos golpes ideológicos al imperialismo neofascista de Trump, quien intentó evitar su presentación; definiendo América de manera plural, mencionando todos los países de Latinoamérica (“Nuestra América de José Martí que en el “pretogues” de Lelia González es “Amefrica Ladina”). Al final de su performance, a contrapunto de la pretensión imperial de reducir América a los Estados Unidos; y teniendo al fondo un billboard con el mensaje: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.

FIN

REFERENCIAS

Betto, Frei (2009). “Mi nombre es Crisis.” América Latina en Movimiento (Marzo).

Cesaire, Aimé (1955). Discours sur le colonialisme. Présence Africaine.

Davis, Angela ed (2016) [1971]. If They Come in the Morning: Voices of Resistance. Verso.

Finchelstein, Federico (2026). Aspirantes a fascistas: Una guía para entender la principal amenaza a la democracia. Taurus.

Houtart, François. Present and Future Impact of the Crisis.” Paper presented at the United Nations Conference on the World Financial and Economic Crisis and Its Impact on Development, United Nations, Nueva York, 23–26 de junio de 2009.

Jackson, George (1972). Blood in My Eye. Penguin.

Lao-Montes, Agustin (2011). “Crisis de la civilización occidental capitalista y movimientos antisistémicos.” Nexus.

Marcuse, Herbert. “USA: Questions of Organization and the Revolutionary Subject”, in The New Left and the 1960s: Collected Papers of Herbert Marcuse, Vol. 3 (Douglas Kellner, ed.). Routledge.

Padmore, George (1936). How Britain Rules Africa. Wishart books.

Quijano, Aníbal (2001). Colonialidad del poder, globalización y democracia. Manuscrito inédito.

Robinson, Cedric (2021). Marxismo negro: La formación de la tradición radical negra. Traficante de sueños.

Rubio, Marco. Marco Rubio speech in Munich transcript - Search.

Singh, Nikhil Pal (2006).  “The Afterlife of Fascism,” South Atlantic Quarterly, (105) 1: 71-93

Toscano, Alberto (2025). Late Fascism: Race, Capitalism, and the Politics of Crisis.Tantor Media.

[1] Las traducciones del discurso de Marco Rubio son del autor.

[2] Ver Betto (2009) y Lao-Montes (2011)

                                                                             

                                                                                 

Autor