Revista trimestral sobre Puerto Rico y Estados Unidos: análisis, opinión, crónicas e investigación


Traicionado

José Edgardo Cruz Figueroa

El laundry estaba en la avenida Isla Verde, frente a un condominio pintado de azul clarito. Mirándolo desde cierto ángulo, el condominio parecía confundirse con el cielo, especialmente si no había nubes que lo demarcaran. El laundry no. El laundry era el laundry: un local de una planta, pintado de color crema, con pretil marrón. Debajo del pretil, un toldo rojo con letras blancas desplegaba el nombre del establecimiento: El Nuevo Siglo Dry Cleaners.

Para estacionarse, los clientes usaban la acera que se extendía hacia adentro hasta el filo del local. Los peatones pasaban con cuidado, pendientes del posible carro que se metiera a las millas en el estacionamiento improvisado. Los choferes no tenían la menor consideración hacia los peatones. Para ellos, el carro siempre tenía derecho al paso y el que se meta al frente que se joda. En una ocasión, un carro se estrelló contra la puerta de cristal del laundry cuando al chofer descabellado se le resbaló el pie del freno y en vez de parar terminó acelerando. La señora que en ese momento entraba se salvó de milagro.

El local del laundry era insignificante. El condominio era imponente. En Nueva York no sería precisamente un rascacielos, pero en Puerto Rico sí. Al otro lado del condominio estaba la playa. A la playa se podía llegar a través de pasadizos que le permitían acceso al público común y corriente, una concesión de parte de los constructores hecha a cambio de poder levantar sus edificios en propiedad pública. Era un acceso del que disfrutaban pocos así que la playa, que uno pensaría que también era propiedad del pueblo, era disfrutada mayormente por los residentes de los condominios como si Dios la hubiera creado para su uso privado. Algunos residentes eran clientes del Nuevo Siglo y lo frecuentaban más por conveniencia que por la calidad del servicio, aunque de este no tenían razón para quejarse.

El laundry tenía una estación de gasolina en su lado este y en el lado oeste estaba Cheo’s BBQ, en un local pintado de anaranjado con una terraza amplia y dos palmas al frente plantadas en un macetero circular de concreto. El rótulo de Cheo’s decía ABIERTO 24 HORAS, que era la forma más concreta del infinito, y era el sitio más conveniente para almorzar, pues los empleados del laundry solo tenían media hora para hacerlo. La verjita de la terraza tenía una pancarta que decía TO GO con un número de teléfono debajo de las letras. En el laundry nadie ordenaba TO GO, pues el BBQ estaba a dos pasos, tan cerca como la felicidad que uno vislumbra en el momento del orgasmo.

El dueño del laundry era un cubano que había salido de Cuba huyéndole a Castro. En Puerto Rico había montado dos laundrys. Uno estaba en Barrio Obrero, en la esquina de la calle William Jones y la calle Cayey, al lado del Tastee Freeze localizado en la cuña que unía la calle Cayey y la avenida Borinquen. En ese la clientela era de clase obrera y clase media baja. Barrio Obrero todavía no era dominicano, pero se veían muchos negros por las calles, aunque muy pocos usaban ropa que necesitara ser lavada en seco. Los travestis que trabajaban en El Cotorrito eran los patrocinadores más asiduos del Nuevo Siglo pues ningún otro laundry en el vecindario, especialmente el que quedaba en la calle 8 al lado de la Iglesia del Carmen, aceptaba servirles por ser degenerados. A ellos les daba lo mismo, pues solo necesitaban un establecimiento que los atendiera. El Nuevo Siglo estaba pegao del Cotorrito y su servicio tampoco relucía, pero para las locas su localización también era conveniente. El cubano era un reaccionario, pero no tenía nada en contra de los travestis y Johnny Rodríguez era su pana.

En el laundry de Isla Verde, la clientela era de gente profesional o adinerada. Allí solo entraba gente blanca. Normal: los residentes del condominio que bloqueaba la playa eran todos blancos y aunque por la avenida Isla Verde se veía uno que otro negro, era siempre de pasada. Con bastante frecuencia era usado por turistas escapándose de las tarifas exhorbitantes de los hoteles o simplemente porque en los moteles del área a veces no había máquina de lavar. A los americanos les gustaba ir al Nuevo Siglo porque el cubano hablaba un inglés perfecto y así, como en Cuba antes de la Revolución, se sentían como en su casa. En el laundry de Isla Verde fue que Arturo Martínez trabajó por tres meses. Fueron tres meses que pasaron como amarillo en boca ‘e vieja. Allí, tuvo una aventura aleccionadora digna de ser recordada.

(Ahora voy a poner de lado al narrador omnisciente. Soy Arturo Martínez y esta es mi historia. No necesito representante. La verdad es que el narrador omnisciente soy yo, así que ¿para qué aparentar? Como dice el refrán, si quieres que una tarea quede bien hecha, hazla tú mismo. A fin de cuentas, esto no es rocket science.)

El cubano tenía el pelo negro y estaba medio calvo. Su cara era redonda y usaba espejuelos de montura negra bien gruesa. Era de mediana edad, pero seguía la moda del momento. Medía cinco pies y, si hubiese sido rubio, podría haber sido Pablo Mármol, el vecino de Pedro Picapiedra en la serie Los picapiedras, aunque en el manejo de su negocio se portaba como el señor Rajuela, el jefe de Pedro Picapiedra que no come cuento, tiene la voz ronca, es severo de carácter y mantiene a sus empleados a raya. Su cuerpo era como una bola. Por eso podía decirse que era una albóndiga con patas, como le decía Picapiedra a Mármol cuando lo insultaba. Si Danny DeVito usara el tipo de espejuelos que el cubano portaba, hubiera sido su hermano gemelo. Pero el cubano no era Danny DeVito, es decir, no era comediante; no tenía sentido del humor. Trabajaba como un burro y sus empleados creían, aunque no todos, como se verá más adelante, que era un asno. Su rutina era de Barrio Obrero a Isla Verde, de ocho de la mañana a nueve de la noche, de lunes a sábado. Los domingos iba a la iglesia y luego a la playa, pero no se metía en el agua. No le gustaba quitarse la camiseta porque su cuerpo le avergonzaba.

Yo no me acuerdo de cómo fue que conseguí ese trabajo. Solo sé que estaba desesperado. El mundo se me había venido abajo cuando perdí a la que creía que era el amor de mi vida. Como era joven, me repuse rápidamente. Aun así, andaba por las calles del Viejo San Juan como si estuviera sumergido en un pantano, como un animal herido de muerte, sangrando y corriendo sin saber hasta dónde podía llegar. En esa carrera me detenía en lugares familiares: en el Farolito para darme una cerveza, en el Bigote del Abuelo para tomarme un espresso o un cortado, en la Tahona para escuchar a Roy Brown, en cada parada botando menos sangre a medida que menos me quedaba en el sistema, ansiando recuperar el tiempo que había pasado en el apartamentito de Villa Palmeras con Marina Fuentes, donde una vez pensé que iba a ser padre. De la desesperación pasé al sosiego, primero en los brazos de Mariasol González y luego por mí mismo cuando supe que cada quincena iba a cobrar, pues el cubano decidió darme trabajo.

El primer día llegué media hora antes de ponchar. Quería demostrarle a Pablo Mármol, que era como lo llamaba en secreto, siguiendo el hilo de Los picapiedras, que yo era un tipo responsable. Él me recibía secamente como si desconfiara de mi puntualidad. Era uno de esos que ven conspiraciones detrás de todo, que caminan siempre alertas, pensando que al menor descuido alguien los va a asaltar. Se la pasaba diciendo que en Cuba había apoyado a Fidel y que el pago que había recibido por luchar contra Batista era que los barbudos lo clavaran, quedándose con sus negocios y propiedades. El desdén rayano en repugnancia con que yo escuchaba su queja lo escondía detrás de una sonrisa. Me alegraba que lo hubiesen expropiado, burgués comemierda. Él se sentía marcado por esa traición y ahora vivía conforme a la Regla de Oro de los mafiosos: méteselo al otro antes de que te lo meta a ti. Me dijo que ponchara y luego me dijo lo que tenía que hacer: cuenta las piezas, clasifícalas, revisa los bolsillos, dale un recibo al cliente y luego con la grapadora fija una etiqueta en cada pieza. Si alguien viene a recoger ropa, dale el recibo a Felipe y él se encarga de buscarla y cobrar.

Si el cubano hubiese sabido que yo era militante del Partido Socialista, jamás me habría dado el trabajo. Tolerar a un maricón sí, ¿por qué no?, pero ¿a un comunista? Porque para él entre socialista y comunista no había diferencia; si acaso, el comunista era peor que el socialista, a un comunista jamás lo podría tolerar.

A simple vista yo era un muchachito inofensivo y puntual que aprendía rápido, lo cual era fácil, pues el trabajo lo podía hacer un mono amaestrado, pero por más inocente que yo pareciera, Pablo Mármol no me iba a dejar manejar la caja registradora. Yo estaba seguro de que pensaba que con la misma celeridad que aprendí lo que tenía que hacer podía aprender a cómo robar. Supuse que decía, en voz baja, un poco avergonzado de su experiencia, pero a la vez desafiante, los comunistas me cogieron de pendejo, pero tú no me vas a embaucar.  Lo adivinaba por su forma de caminar, lo veía como si lo tuviera tatuado en su frente, y también por la manera en que arqueaba una ceja, por la mirada que me daba cuando yo decía buenos días, una mirada carente de afabilidad, ausente, de cristal, como la de un toro a punto de embestir a un torero antes de la estocada. Entre nuestras miradas había un abismo sin fondo y yo siempre esperaba a que él la desviara primero, como para dejarle saber que si la desconfianza se tornaba bravuconería, le iba a dar un galletazo.

Mi relación con Felipe era distinta en parte porque lo veía a través de un prisma ideológico en vez de a base de sus cualidades. Ese era mi modus operandi respecto a todo. La historia de la humanidad era la historia de la lucha de clases y aparte de eso no había más nada. Para mí, Marx era como los Beatles para los jóvenes de mi generación, y ellos mismos decían que eran más populares que Jesucristo, o como Bad Bunny es para tantos de la generación presente, ahora, en este momento en el que recuerdo lo que me pasó en el 1973.

Felipe era alto, blanco, de pelo castaño y portaba un bigote improbable, tan espeso que le cubría la boca entera y le daba un matiz nietzscheano si no fuera porque la amplitud de su frente, la posición de sus ojos, el tamaño de su nariz y los pelos colgando hacia los lados de la boca hacían que más bien pareciera una morsa. Nadie sabía por qué el bigote no era del mismo color que el pelo y él no lo podía explicar. Solo se reía cuando le decían que el color blanquinegro del bigote, lo que en inglés se designa como salt and pepper, de seguro era producto de una mutación. Eso no le molestaba porque admitía que toda la vida se había sentido extraño, como si su madre hubiese sido Sofía Loren y su padre el monstruo de la laguna negra. Quizás por eso era que también tenía un ojo azul y el otro negro.

Pablo Mármol había abierto El Nuevo Siglo en el 1969 y había empleado a Felipe en el 1971. Yo comencé en el 1973, después de cuatro años militando. Esos años de militancia habían sido intensos y empobrecedores. No tenía dónde caerme muerto y antes de conseguir el trabajo en el laundry había vendido filtros de puerta en puerta, administrado un condominio, escrito cartas a asegurados de la Triple S, cartas que eran todas la misma carta, y había sido mozo en la cafetería de la Autoridad de las Fuentes Fluviales en Trujillo Alto. Ninguno de esos trabajos fue permanente y el que menos duró fue el de mozo: renuncié a la semana pues el trabajo era duro, la paga miserable y los obreros de la Autoridad nunca dejaban propina. Eran obreros bien pagados, protegidos por una unión agresiva y más macetas que Ebenezer Scrooge. Cuando yo los comparaba con el Scrooge contestaban que no sabían de quién estaba hablando. Yo ripostaba que a ellos no los redimía ni el espíritu santo y entonces me mandaban pal carajo. Además de macetas, eran mal hablaos.

En el 1973 yo era el empleado novato del Nuevo Siglo y Felipe era el hombre de confianza del dueño. De eso yo no estaba al tanto, aunque lo debí intuir cuando Mármol me dijo que aparte de él solo Felipe podía manejar la caja. Felipe se daba aires de privilegiado. Actuaba como si fuera parte de la aristocracia obrera, aunque de aristócrata no tenía ni el olor. Lo suyo era un afán sin bases materiales y yo estaba seguro de que entendía lo que era una aristocracia, pero dudaba que supiera que aplicado a la clase obrera, era un término que sugiere pertenencia al estrato burocrático de uniones suscritas al sindicalismo economicista o que define a los obreros que se benefician de la explotación de trabajadores pauperizados por el capitalismo en países en vías de desarrollo. A él no le caía ninguno de esos sayos. Tampoco tenía los modales necesarios para cualificar de aristócrata, ni siquiera al nivel más básico, pues, entre otras cosas, se sacaba los mocos enfrente tuyo como si fueras invisible, los hacía bolitas y luego los disparaba al aire con un chasquido del pulgar y el dedo índice. Era natural de Guayanilla y en San Juan le había ido bien, aunque un trabajo en un laundry clasificando ropa apestosa, barriendo el piso, limpiando el baño y cobrándole a los clientes no era gran cosa. La pobreza siempre es relativa porque siempre hay alguien que es más pobre que tú —lo cual te hace sentir bien— mientras que la riqueza es una medida absoluta, pues aunque haya alguien que sea más rico que tú, sigues siendo rico.

Por fuera, Felipe era afable y le gustaba conversar durante los breaks que cogíamos en la parte de atrás del laundry. Mientras él fumaba, yo le hacía preguntas. A veces me contaba cosas que le habían pasado en Guayanilla que él encontraba curiosas. A mí ninguna me impresionaba, pero pretendía encontrarlas interesantes. Una vez me dijo que una avispa lo había picado en la cara y que previno la hinchazón meándose en la tierra y restregándose la tierra mojada en la parte donde la avispa lo había aguijoneado. Yo me reí diciendo no te creo, pero él juraba que ese remedio le había funcionado. Intercambiábamos historias sentados frente a una verja de eslabones en cadena que nos permitía ver a la gente que caminaba por allí, las gallinas que deambulaban sin propósito seguidas de sus pollitos, los perros realengos y los gatos asquerosos con cara de matón o de borracho. De vez en cuando pasaba un carro con el muffler roto haciendo un ruido de madre que nos obligaba a suspender momentáneamente la conversación. Maldita sea la madre de ese muffler, decíamos sin pensar pues los mufflers no tienen madre.

A mí me faltaban cuatro años para ir a Cuba, donde descubriría que la Revolución no había cambiado la naturaleza humana. Era claro que el llamado Hombre Nuevo era no más que una consigna, aparte de que el modelo dejaba de lado a la mitad de la raza humana. Cuando estuve allí, con un grupo de turistas dizque revolucionarios, una señora dejó una propina a sabiendas de que la ética de la Revolución demandaba que el trabajo se hiciera con alegría y sin esperar trato especial. Lo hizo para ver si era verdad que los cubanos no aceptaban propinas porque el Hombre Nuevo tenía que ser generoso, desprendido, sacrificado, valiente y abnegado sin esperar nada a cambio. Eso era como la definición aristotélica de lo bueno, que es bueno en sí mismo, o como el lema de la Metro Goldwyn Mayer, en pleno mundo capitalista, que reclamaba que el único propósito del arte, su justificación moral, era el arte. En boca de un ejecutivo de la compañía, era un lema hueco, hipócrita, pues ninguna película en Hollywood se hacía por amor al arte. No obstante, era gracioso que entre la Revolución Cubana y una compañía de cine de Hollywood hubiese una afinidad supraestructural tan impensable como tan inesperada.

La sonrisa de satisfacción de la señora ante el resultado de su humillante experimento fue amplia al ver a la camarera cubana salir corriendo del hotel para devolverle la propina. ¿Qué derecho tenía la vieja cabrona esa a usar a la infeliz camarera como conejillo de indias? Yo también esbocé una sonrisa, pero más bien de vergüenza y eso era lo único que me faltaba, pues ya había metido la pata cuando visitamos un club y le advertí a mi grupo, uno por uno, que la consumición estaba racionada a un trago por persona. Pensé que la prueba de lealtad de la señora era deshumanizante y sentí un sabor amargo en la boca que me duró el resto del viaje. Ella se sentía triunfal pues de acuerdo a su lógica la prueba bastarda confirmaba que en Cuba el paraíso terrenal del socialismo se había realizado. La gente trabajaba por gusto y no por necesidad; en vez de egoístas eran altruistas y no aceptaban trato especial por cumplir lo que sencillamente era su deber.

Nunca supe lo que pensó el resto del grupo, pero yo estaba a la vez estupefacto y encojonado. Durante la visita, todo me pareció irreal, puesto en escena, una utopía edificante desmentida por la desigualdad, una comedia banal, incomprensible y a la vez extrañamente alegre. Luego, mi desilusión y sorpresa se amplificó cuando a las tantas de la noche, caminando a lo largo del Malecón, puse mi pulgar al aire varias veces para pedir pon hasta el hotel, solo para ver carro tras carro pasar de largo sin hacerme caso. En otro momento, un carro por poco me pasa por encima, el chofer acelerando en vez de darme paso al verme en medio de la calle. El punto culminante fue cuando dos agentes de la policía secreta secuestraron a un cubano en plena luz del día, enfrente mío, inmediatamente después de que el desgraciado me preguntara si le podía comprar unos mahones en la tienda del hotel porque ahí él no podía entrar. Si eso era el socialismo, mi abuela tenía pedales y era bicicleta.

Pero todo eso fue en 1977; en 1973 yo pensaba que la solidaridad de clase era algo sencillo y automático. Creía firmemente en el ideal del Hombre Nuevo y en la posibilidad de transformar la naturaleza humana mediante la transformación de sus condiciones materiales. Para mí Cuba en 1959 y Chile en 1973 demostraban dos verdades absolutas: la revolución no puede triunfar si uno está armado, pero no tiene el apoyo de las masas, y si uno tiene el apoyo de las masas, pero no está armado, la revolución tampoco puede triunfar. Eso lo había dicho Fidel y por supuesto, contrario a lo que Pablo Mármol pensaba, Fidel nunca se equivocaba. Comencé mi jornada en el laundry viendo las cosas en blanco y negro, ellos y nosotros, patronos y obreros en lucha perenne y acérrima, sin complicaciones, ni matices, ni contradicciones. No supuse que el ser social y la conciencia podían existir de manera enrevesada y esa visión fallida me costó el trabajo.

¿Que qué? Pues nada, al cabo de tres meses en el laundry tuve una idea genial. No imaginé que igual que Pablo Mármol, yo iba a sufrir una traición. Traiciones había sufrido antes. Mi mujer se había acostado con otro alegando que nos amaba a ambos, que quería estar con los dos. Yo le dije que se cagara en su madre y rápido me busqué a otra que no duró mucho conmigo, pero que cumplió la función importante del clavo que saca a otro clavo. Mi mantra fue goodbye Marina, hello Mariasol. Después, un amigo íntimo cogió a su mujer in flagrante delicto y le dio una pela y la arrastró desnuda por la calle. Me identificaba con su infortunio, pero su reacción me pareció deleznable y me sentí traicionado pues nunca imaginé que alguien a quien suponía conocer a fondo actuara tan contrario a nuestros ideales. El colmo fue cuando descubrí que había compartido espacio, comidas, actividades con un agente encubierto a quien consideré mi amigo y que había estado en la sala de mi casa coordinando conmigo pasquinadas y murales para después engañar y llevar a la muerte a dos militantes despistados.

¿Cuál fue la genial idea que culminó en desastre? El desastre fue mínimo cuando se le ve en su contexto amplio. El resultado fue que quedé desempleado. Nada del otro mundo comparado con la pérdida de mi mujer en el 1971 y mucho menos en contraste con el desastre de Chile dos años después, el mismo año de mi residencia fugaz en el mundo de las camisas con el cuello sucio y los pantalones con manchas que a veces tenían billetes de a cinco en los bolsillos y que yo me apropiaba. Mi desastre era ínfimo comparado con la suerte de los muchachitos asesinados, con la debacle socialista en Cuba de la cual estaba por enterarme; esa fue una pared de concreto que se me derrumbó encima cuatro años más tarde.

¿Por qué terminé desempleado? Una tarde, durante el break consuetudinario, le dije a Felipe: aquí deberíamos unionarnos. Felipe no dijo nada. Encendió un cigarrillo con una calma que me pareció extraña. Yo no le di seguimiento a la idea e interpreté su silencio sin saña. Felipe podía ser así: un día extrovertido y el otro tan hermético como una ostra que solo se abre con un cuchillo, a la mala. Después del break regresé al counter. Felipe se fue a limpiar el baño. Un cliente trajo una guayabera azul y pidió que no le pusieran almidón. Otro se quejó de que la plancha le había triturado los botones a su camisa de lino y demandó que se los reemplazaran. Yo le dije que sí, no hay problema, y luego el cubano me jaló las orejas diciendo que en situaciones como esas había que decirles a los clientes que el laundry no era responsable. Yo le dije que eso era ridículo y me eché a reír tan fuertemente que le escupí la cara.

Al otro día, llegué a la hora de costumbre y en la máquina de ponchar me encontré con la mirada severa de Pablo Mármol. Eso no me extrañó pues él era un cascarrabias. Pensé que todavía estaba enfadado por el asunto de los botones y volví a reírme en voz alta. Dio una vuelta como si fuera a hacer algo y entonces se me paró de frente mirándome como si me fuera a matar. Otra vez pensé en el toro durante el tercio de muerte mirando al torero sin saber que sus días están contados. Estás despedido, me dijo y ahí sí que me quedé pasmado. Hice un cálculo mental instantáneo y comprendí lo que había sucedido. ¡Felipe! ¡Chota además de mutante!

Evitando mirarme a los ojos, Mármol declaró: pasa por el laundry de Barrio Obrero dentro de una semana para que recojas tu paga final.

Yo me recuperé de la sorpresa de inmediato. Como antesala de lo que se hizo patente en Cuba, supe que mi idea de la solidaridad de clase era una ilusión, una esperanza defraudada. Me sentí traicionado, pero me culpaba a mí mismo por mi ideología, por mi ingenuidad. Avasallado por una sensación de delirio, quise echarle la culpa al peso muerto de la historia, a la hegemonía de la clase dominante. Dije sin que nadie se enterara que Felipe vivía atado en una cueva donde lo único que veía eran sombras. Por un instante me dejé arrollar por un brote patético de lástima de mí mismo, pero abrí los ojos y me dije olvídate de eso que no es pa’tanto.

Felipe se escondió de mí. Mientras Mármol me decía que me llevara quien me trajo, se mantuvo encerrado en el baño, posiblemente sudando la gota gorda, y por el humo que salía por la rendija de la puerta de seguro que fumando. ¿En qué estaba pensando?, me pregunté. Cuando lo vi meterse al baño supuse que era para hacer lo que se espera que uno haga en el baño, pero después del anuncio escueto con el que el cubano me botó recordé un detalle de su mirada al que no le había dado importancia. Antes de cerrar la puerta me había mirado de reojo como el que tira la piedra y esconde la mano.          Botando humo por las orejas recogí mis cosas, pero no antes de decirle a Pablo Mármol que su madre podía esperar una semana, pero yo no. Se lo dije con tanta rabia que se asustó. Afuera, un carro sonó su bocina de manera prolongada. Noté que empezó a sudar. Se quitó los espejuelos y caminó hasta la oficina. Me escribió un cheque por lo que me debía y salí del sitio al instante.

FIN

José Edgardo Cruz Figueroa es natural de San Juan y criado en El Fanguito y Barrio Obrero en Santurce. Tiene una maestría en estudios latinoamericanos con una concentración en literatura de Queens College-CUNY y un doctorado en ciencias políticas del Graduate Center-CUNY.

 

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