Héctor José Huyke

¿Qué fuerzas históricas ponemos en marcha con el uso de asistentes personales como ChatGPT? ¿Qué fuerzas estamos desatando con éste y otros bots o chatbots, como hemos venido a llamarles a los novedosos robots (-bots) que hablan (chat-)? Apenas hacen su entrada en nuestras vidas y viene bien madrugar con las interrogantes. No me pregunto por la llamada inteligencia artificial (IA) en general, lo cual sería una tarea demasiado abarcadora para este artículo. Los chatbots pertenecen a un género específico de IA generativa. También dejo de lado cómo funcionan estos equipos. Me propongo explorar solo las implicaciones de algunos de los usos más comunes que estamos dando a estas tecnologías de asistencia personal.
Una de las características más interesantes de las tecnologías de uso general es que tendemos a invisibilizar todo lo que no tenga que ver con ahorros de esfuerzo y tiempo. Viene bien el ejercicio, pues resulta que mientras más espectaculares parecen ser esos ahorros que vamos sumando día a día con los novedosos asistentes, más extraordinarias son también las fuerzas históricas, en gran medida invisibles, que ponemos en marcha.
Para mantener la discusión dentro de los parámetros que corresponden, me concentro en las fuerzas que ponemos en marcha con los chatbots cuando, con ellos, nos proponemos crear un borrador de algún modo de obra, generalmente destinado a alguien, ya sea a otro o a uno mismo. Un borrador es una obra sin terminar. Los bots tienden a decir de ellos mismos que no nos sustituyen, que son meros collaborative thinking partners, personal assistants o algo por el estilo. Aunque no quede descartado, no voy a presumir de partida que el bot nos provea el producto final.
Debe estar claro que en verdad los bots nada “dicen”, ni de ellos ni de nadie, tampoco “piensan”, y pueden “asistirnos” solo en el sentido en que una tecnología nos puede servir de apoyo, pero no son “ayudantes”, “personas”, “socios” ni nada por el estilo. No son pocas ni inconsecuentes las metáforas antropomórficas que, con la ayuda del propio bot, se van fijando a los usos del dispositivo. Los bots son meros calculadores probabil ísticos de que esto o aquello puede ir con esto otro en este o aquel orden o de esta o aquella forma, según cierto modo de predisposición matemática. Con el énfasis en el borrador como producto sin terminar, trataré entonces de exponer las más importantes fuerzas históricas que ponemos en marcha.
Lo primero que viene a la mente ya lo hemos mencionado. Un producto que nos sirva de borrador para lo que sea -una carta, un mensaje, un plan, un informe, una presentación, un ensayo, un libro, un poema, un cuento, una canción, una pintura, un video- es un ahorro en esfuerzo y tiempo. Para cada borrador que queremos, le proveemos la información específica que corresponda añadir a la información que el bot ya lleva consigo habiéndola sacado del internet. Esa información que el chatbot lleva consigo es gran parte de lo que entre informáticos se conoce como su training, su entrenamiento general, e incluye obras similares a la que le pudieras estar solicitando al estar esperando que produzca tu borrador. El chatbot es una IA generativa, ya lo hemos dicho, genera o produce, y es a tenor con lo que pudiera ser el robo de propiedad intelectual más espectacular del milenio. Para producir el borrador de una obra, también le hacemos las preguntas que correspondan, los prompts. Una vez recibimos las respuestas, siempre podemos dar la tarea por terminada, como también podemos corregir una que otra cosa, o gran parte, darle unidad al producto, mejorarlo, y sobre todo, ¿por qué no?, hacerlo nuestro, dotarlo de estilo y personalidad.
Una vez tomamos en cuenta el asunto de cuánto cada cual está en la disposición de pagar por un bot, entran poderosas fuerzas históricas que tendemos a agrupar bajo el título de la brecha tecnológica, lo que nos puede parecer una injusticia. Por lo general, somos personas éticas que creemos en la justicia. Por tanto, muy posiblemente nos sumamos a los grupos, movimientos y asociaciones que aboguen por el derecho humano a un bot. Partamos de esa premisa igualitaria y sigamos en busca de otras fuerzas que ponemos en marcha.
Lo próximo que se nos presenta en esta exploración es que a muchos y muchas se nos hace difícil comenzar algunos de esos trabajos que mencionábamos, el que sea, hasta el punto en que dicho comienzo puede generar gran ansiedad. ¿Cuántas veces nos habremos quedado “en blanco” con los ojos fijos en una pantalla en blanco? Es tiempo perdido, ¿verdad? ¿Por qué no, de partida, entablar un sencillo “diálogo” con el “asistente” para encontrarnos con algo ya hecho de dónde partir, algo a evaluar a fondo, algo a llevar adelante, algo a perfeccionar? ¿No tiene más vuelo, no es hasta más entretenida esa etapa del proceso creativo que tiene que ver con el perfeccionamiento? ¿Por qué no aprovechar un recurso tan útil, una tecnología que permite ir directamente a los aspectos más ejecutivos, por carecer de otra palabra, de la tarea ante nosotros?
Recurrimos unas cuantas veces al bot para que nos provea ese borrador y es muy posible que nunca más queramos tener que enfrentar una pantalla en blanco. Requiere cierto modo de práctica no saber exactamente cómo comenzar, para en su momento simplemente haber comenzado. Con el bot, es decir, si abandonamos esa práctica, se desvanece la transfiguración de la página en blanco que es el comienzo, quizás como cuando de tanto recurrir al streaming, dejamos de poner los CD y los DVD que pudieran quedar por ahí. Previo a la disponibilidad del bot, el comienzo de una obra puede igualmente ser un abismo en que caemos y del que nos puede parecer que milagrosamente nos salvamos, puede ser un manojo de ideas confusas que juntándose de repente explotan algo así como un terrible pero también maravilloso golpe de agua, como puede ser un monte a escalar avanzando muy poco aquí, retrocediendo allá y avanzando nuevamente con un poco de más agilidad. Pero por algo con el bot recurrimos al prompt en vez de quedarnos “en blanco”. El prompt provee algún modo de presunto gran ahorro o ganancia decisiva, saltamos algunos pasos, y el resultado no es carente de sentido. Evitamos ansiedad.
Por otro lado, ¿qué puede dotar al borrador de estilo y personalidad para una persona que aún no ha desarrollado un estilo, una personalidad? ¿Es que podrán elegir entre diversos estilos genéricos provistos en la programación inicial? Además del asunto de estilo y personalidad, está el asunto del contexto geográfico y temporal desde donde se piensa y se escribe. No es lo mismo trabajar aquella página en blanco desde el Puerto Rico de hoy que desde Gaza, París, Kiev o Nueva York. ¿No es más bien que con el bot vamos queriendo tener bajo control ciertos pasos? ¿No es como si lo que estuviéramos buscando es llegar triunfantes al final de una carrera habiendo corrido solo un tramo cerca del final o, quizás, ningún tramo? ¿Qué clase de triunfo es ese que va disminuyendo el trayecto creativo? ¿Qué clase de fuerzas son las que estamos poniendo en marcha? ¿No es sobre todo la gradual disminución de nuestra profundidad, nuestra especificidad, nuestro potencial creativo?
¡Ah, pero podríamos pensar que la creatividad la podremos ejercer en nuevas formas! Podríamos pensar que en lo que disminuimos el esfuerzo y tiempo en unas partes del proceso creativo, lo podemos concentrar y aumentar en otras. Es lo que pasó con la fotografía, podríamos añadir a modo de ejemplo. Pero la fotografía, como tal, pronto demostró solo proveernos un producto hasta entonces jamás visto. La foto es el resultado de un clic que para llegar a ser obra en el sentido que nos concierne requiere de esfuerzos y destrezas que un artista fotógrafo ejerce previo al clic. En términos generales, la fotografía ni tan siquiera intenta pasar por bot. Si logra producir algo en el sentido en que el bot produce o genera, es bot manipulando una foto según algún algoritmo, no fotografía. Me parece más bien que el argumento de que siempre habrá nuevos retos pasa de largo la complacencia general que viene con el bot. Lo que acontece hoy es como si con el invento de la fotografía, quienes se dedican al arte de la pintura se hubieran conformado con retocar las fotos tomadas por otros.
Este “asistente personal” que es el bot es un paso decisivo en torno al futuro humano. Aparte de un reducido número de humanos, entre los que me incluyo, que vamos a insistir en preparar nuestros borradores desprovistos de prompts y a partir de la pantalla en blanco, ¿qué va a pasar con la creatividad general del resto de la humanidad ante máquinas que simulan penetrar en las profundades iniciales del proceso creador? ¿Qué va a pasar si en las instituciones educativas nos vamos acomodando a tener una presunta solución al enigma de la página en blanco? ¿Qué va a pasar con el empresarismo en general cuando el empleado y el empresario prácticamente no puedan partir de otra forma que no sea del borrador de la carta, el plan o la presentación que la plataforma adquirida por la empresa provee?
Por otro lado, con estos nuevos tipos de agencia artificial, las grandes tecnológicas que introducen los bots pueden empujar puntos de vista con mucha más facilidad que con las más recientes búsquedas de información en la computadora personal. Si el salto de las bibliotecas a los search engines fue inmenso, este es cualitativamente diferente. En esas búsquedas en la computadora, como en aquellas bibliotecas, el fin inmediato no es un borrador de una obra, sino una multiplicidad sin componer. En el caso del bot, como hemos visto, se nos presenta una obra, o más bien una simulación, que salta unos cuantos de esos pasos. ¿Quién está a cargo de las decisiones que quedan opacadas ahí? Hay quien piensa que nadie está a cargo hasta tanto no llega el usuario con sus prompts, pero sabemos que el entrenamiento de los bots es selectivo. No sólo se suman incontables prejuicios, como se ha señalado en el caso de Google y otros, sino que podemos anticipar grandes oportunidades de control autoritario. Investíguese lo que los bots autorizados en China como Doubao o DeepSeek nos dicen de la revuelta contra el régimen autoritario chino que tuvo lugar en la Plaza de Tiananmén, Beijing, en el verano de 1989.
Pasadas una o dos generaciones, ¿cuántas personas quedarán que puedan, desde la pantalla en blanco, desde aquel abismo, desde aquella nada, crear cartas, planes, informes, presentaciones, ensayos, libros, poemas, cuentos, canciones, obras de arte que con fuerza rompan los esquemas de cómo entonces usualmente se han de hacer las cosas según los bots vigentes?
¿Quiénes hoy tienen control del entrenamiento básico de los bots? ¿Quiénes han de tener el control del entrenamiento en el futuro? No es lo mismo billones de pantallas en blanco esperando por un comienzo en alguna medida singular, que unas empresas, sean independientes del estado o no, llenándoles las pantallas en blanco a billones de seres humanos según los parámetros de esas mismas empresas. ¿O es que lo uno es lo mismo que lo otro? ¿No nos iríamos encerrando a meras correcciones de lo que los bots nos van dando según sus cálculos matemáticos sopesados por ciertas autoridades e integrados a los algoritmos? ¿Es que el progreso exige que los bots, collaborators, assistants, partners, o como queramos llamarles, deberán venir a constituir la gran plataforma desde la cual la humanidad ha de crear?
Estados Unidos de América y la China están compitiendo a muerte a ver quién será número uno en determinar el carácter de esa gran plataforma. No hay nada más conveniente para esas dos potencias que la discusión gire alrededor de ganarle al otro y no alrededor del régimen de vigilancia y manipulación que las grandes tecnológicas en ambos países están construyendo. Que esto se parece al viejo asunto de quien llegaba primero a la luna, la Unión Soviética o los Estados Unidos, es solo para acallar el ruido que estamos haciendo desde la verdadera oposición.
Si lo planteado hasta aquí no es suficiente para convencernos que estos asistentes representan un rumbo de poca luz para la humanidad, que la cultura tecnológica puede y debe tomar otro rumbo, que hay mil otras cosas que podemos hacer y son más conducentes al florecimiento humano, echemos una mirada al bot desde el punto de vista de la huella de carbón. No es en la nube que cada modelo de bot se entrena. Tampoco el prompt es contestado desde la nube. Son servidores operando desde centros de data alrededor del globo los que llevan a cabo las operaciones. No escuchamos los abanicos que evitan que estos servidores se sobrecalienten. Probablemente tampoco nos percatamos de las comunidades que dejamos sin el agua potable que se desvía para el enfriamiento de las máquinas. Estamos hablando de un recurso que consume grandes cantidades de energía y necesita grandes cantidades de aguas limpias que luego le devuelve a la tierra en forma de aguas sucias. A cada rato me encuentro cifras que no necesariamente concuerdan unas con otras, pero todas van en la misma dirección. El entrenamiento típico que en el 2022 movía un bot contenía alrededor de 176,000 millones de parámetros y dejaba una huella de unas 50 toneladas de carbón, el equivalente de doce vuelos aéreos de Nueva York a Sydney, Australia.[1] El large language model que anima al más reciente y más simpático GPT-4 supera el trillón de parámetros y deja una huella diez veces mayor.[2] Al momento de escribir este artículo, no encontramos información en torno al GPT-5 que llega con bombos y platillos.
Para el debido procesamiento de todas esas preguntas cuyas contestaciones estamos queriendo dejar a los bots, las grandes tecnológicas han recurrido a crear inmensos centros de datos, en su mayoría ubicados en las áreas del globo con poblaciones de escaso poder político. También han estado abogando por darle más tiempo a la quema de carbón y por la proliferación de plantas de energía nuclear, lo que presenta problemas de seguridad que sólo se resuelven centralizando aún más los poderes políticos nacionales.[3] Resumiendo un poco lo que estudios recientes nos indican, Google, Microsoft y Open AI reportan que desde el 2019 las emisiones indirectas que tienen que ver con el desarrollo y el uso de chatbots han crecido en más de un 30%.[4] El turbo charged search engine que es como se describe el Google AI Mode pronto es un default setting. Su antecesor, AI Overviews necesita 30 veces la cantidad de energía que una simple búsqueda de información sin inteligencia artificial.[5] En el transcurso de los próximos diez años, el consumo de energía por estos centros de data va a sobrepasar el consumo de energía de un país del tamaño de la India, el país más poblado del mundo.[6]
¿Qué fuerzas históricas estamos desatando aquí? ¿Qué fuerzas históricas estamos poniendo en marcha con el uso de estos asistentes personales? Aunque quizás se haga difícil creer que un mero prompt va a ser seguido por otro y por otro y por otro, y así sucesivamente en una carrera que, según he planteado aquí, va a culminar en el total empobrecimiento de la creatividad, como también en la dependencia y la vigilancia generalizadas, puede que no sea tan difícil visualizar el impacto incremental de tener que aumentar exponencialmente la producción de energía eléctrica y acaparar el ya escaso recurso de agua limpia de comunidades enteras, colaborando así con el deterioro acelerado del clima que sostiene a la humanidad. ¿Todo eso para qué? ¿Para que no tengamos que pensar tanto, para que no tengamos que crear tanto? ¿En serio? ¿Es esa la aspiración?
FIN
REFERENCIAS [1] Bender y Hanna, The AI Con: How to Fight Tech’s Hype and Create the Future We Want, 158: basado en Alexandra Sasha Luccioni, Sylvain Viguier y Anne-Laure Ligozat, “Estimating the Carbon Footprint of BLOOM, a 176B Parameter Language Model,” Journal of Machine Learning Research 24 (June 2023): 1-15. [2] Ibid., 158 [3] Sadowski, “Landlords” in The Mechanic and the Luddite: A Ruthless Criticism of Technology and Capitalism, 130-154. [4] Bender y Hanna, The AI Con: How to Fight Tech’s Hype and Create the Future We Want, 160: basado en Brad Smith y Melanie Nakagawa, “Our 2024 Environmental Sustainability Report,” Microsoft, may 15, 2024, https://blogs.microsoft.com/on-the-issues/2024/05/15/microsoft-environmental-sustainability-report-2024/; Alexa St. John, “Google falling Short of Important Climate Target, Cites Electricity Needs of AI,” Associated Press, July 2, 2024, https://apnews.com/article/climate-google-environmental-report-greenhouse-gases-emissions-3ccf95b9125831d66e676e811ece8a18. La segunda referencia fue verificada el 10 de agosto de 2025. [5] Ibid., 159: basado en Allison Parshall, “What do Google’s AI Answers Cost the Environment?,” Scientific American, June 11, 2024, https://www.scientificamerican.com/article/what-do-googles-ai-answers-cost-the-environment/. Verificado el 10 de agosto de 2025. [6] Ibid., 159: basado en Adriana Tapia Zafra y David Gura, “AI is Already Wreaking havoc on Global Power Systems,” Bloomberg, June 14, 2024, https://www.bloomberg.com/graphics/2024-ai-data-centers-power-grids/. Verificado el 10 de agosto de 2025. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Bender, Emily M. y Alex Hanna. The AI Con: How to Fight Tech’s Hype and Create the Future We Want. Nueva York: Harper-Collins, 2025. Han, Byung-Chul. Quiebras del mundo de hoy. Traducción de Joaquín Chamorro Mielke. Barcelona: Penguin, 2021. Huyke, Héctor José. Tras otro progreso: Filosofía de la tecnología desde la periferia. Cabo Rojo, Puerto Rico: Editora Educación Emergente, 2013. ---. Elogio a las cercanías: Crítica a la cultura tecnológica actual. Cabo Rojo, Puerto Rico: Editora Educación Emergente, 2024. Matthew Liao, S. Matthew, editor. Ethics of Artificial Intelligence. Nueva York: Oxford University Press, 2020. Mejías, Ulises A. and Nick Couldry. Data Grab: The New Colonialism of Big Tech and How to Fight Back. Chicago: The University of Chicago Press, 2024. Sadowski, Jathan. The Mechanic and the Luddite: A Ruthless Criticism of Technology and Capitalism. Oakland, California: University of California Press, 2025. Vallor, Shannon. The AI Mirror: How to Reclaim Our Humanity in an Age of Machine Thinking. Nueva York: Oxford University Press, 2024. Zuboff, Shoshana. La era del capitalismo de vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Traducción de Albino Santos. Barcelona: Planeta, 2020.

