Revista trimestral sobre Puerto Rico y Estados Unidos: análisis, opinión, crónicas e investigación


Notas de un aterrizaje por escalas

      Allen L. Pizarro Cabrera

 

Primera escala

 Despego en dirección a un destino que, consciente de los aterrizajes previos que lo posibilitaron, no siempre me esperó. Conocía poco, si algo, de este durante mi adolescencia. No fue hasta que llegué a la Universidad de Puerto Rico, espacio de memorias donde comencé a desarrollar cierta conciencia política y un pensamiento crítico que sigo cultivando, que escuché por primera vez el concepto de “revolución” acompañado del adjetivo “cubana”. Mi primera escala hacia Cuba fue la clase de ética con el filósofo y teólogo cubano José Ramón Villalón Sorzano, entonces catedrático de la Universidad de Puerto Rico en Ponce. Sin saberlo, mi primer contacto fue con quien, en su juventud y años estudiantiles, apoyó activamente la consecución de un cambio político radical en su país; uno que, a su vez, estableció un nuevo paradigma en la forma en que se debía concebir la lucha por la autodeterminación de los pueblos.

En esta mañana, mientras escribo y me acompaño durante el viaje que me lleva a la primera escala innecesaria (Miami), pienso en las preguntas que le hubiese hecho al profesor: ¿Qué significó y cómo se practicó la revolución? ¿Qué valor guarda, si alguno, dicho concepto hoy? ¿Existe la ética fuera de la pretensión de “crear un hombre nuevo”? ¿Es el bloqueo económico estadounidense el factor principal de la liquidación revolucionaria de Cuba o, por el contrario, es el discurso que esconde otros bloqueos implícitos que inciden en su autoliquidación política actual? ¿Para qué sirve la revolución si se renuncia/supera la ya agotada “conciencia objetiva” que, lejos de ceder, aún mantiene su sitial discursivo en la academia puertorriqueña? ¿Existe la libertad fuera de la revolución? Aunque no todas, algunas hubiesen sido contestadas con la paciencia que le caracterizaba, el sentido de ética que profesaba y desde el oficio de crítica que practicaba y que me enseñó durante mi primer año universitario. Gracias, Villalón, por ser mi primera escala necesaria antes de llegar a tu país.

 

Segunda escala

Por más que se quieran evitar, los destinos siempre generan expectativas. Ese fue mi caso al llegar a la que considero la segunda y más importante escala: la Universidad de Puerto Rico en Humacao. Mi radicalización política, aunque analizándola hoy desde otros crisoles, tuvo sus matices conservadores; coincidió con muchos factores locales: un neoliberalismo intensificado por la recién impuesta Junta de Control Fiscal; el aval y apoyo bipartidista brindado a dicho ente durante su afán por asfixiar presupuestariamente la Universidad de Puerto Rico; la movilización huelguista que trascendió los reclamos universitarios para insertarse en reivindicaciones de país (como la auditoría de la actual deuda pública ilegal); la corrupción e inexistencia del liderato político en la recuperación/rehabilitación universitaria tras el paso de los huracanes Irma y María; y las manifestaciones multitudinarias de un verano que limitó sus esfuerzos a la destitución de un gobernador que nunca gobernó.

Cada uno de estos factores se complementó con las clases allí tomadas y con un personal facultativo que, valiéndose de la revolución cubana como referente histórico, aún creía en los procesos revolucionarios o anticoloniales; en particular, Luis López Rojas y Bianca Medina Báez. Cada uno compartió sus respectivas mochilas utópicas y moldearon mi radicalización universitaria. A pesar de las críticas y autocríticas que pudiese reseñar, como la sobrevaloración de la hispanidad en la articulación discursiva anticolonial y la desradicalización que he experimentado en los últimos cinco años, lo cual no implica la deserción de un compromiso intelectual con los sectores populares, no me cabe más que reconocer a quienes, sin ellos/ellas, este viaje no hubiese sido posible.

 

Tercera escala

 Quisiera decir que mi llegada graduada a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras formó parte de mis años de radicalización intelectual; ilusionado, quizás, por la “tradición de izquierda” que pensé me encontraría en dicho recinto. No obstante, tuvo efectos adversos. Mi desradicalización no solo fue producto del abandono de la utopía y de un cuestionamiento crítico acerca del propósito de la historia en sí al llegar a la UPR. Más bien, esta respondía a un vacío político/intelectual producto de la superficialidad de la virtualidad normativa, y la desmovilización social desencadenada por ella, que se había instaurado en el país durante las postrimerías del COVID-19. Las manifestaciones convocadas en contra del bipartidismo y de la Junta de Control Fiscal mermaron (si es que hubo) y la lucha estudiantil poshuelga se tornaba en una memoria irrelevante, apática para muchos y conocida por pocos. A su vez, comencé a cuestionar el lugar de “la izquierda” en las diferentes luchas que se concretaron en un pasado no tan remoto y mi lugar en las futuras. Eran tiempos, como diría Carlos Pabón en su “Nación Postmortem”, de insoportable ansiedad y, añadiría, de quiebre emocional. La utopía, en un contexto previo al aterrizaje, se volvió utopía y ya no en posibilidad de su materialización.

Este quiebre es mi tercera escala. No tanto por los efectos que produjo luego de un alta, como el acercamiento más consciente a uno de los temas que hoy más me apasionan y que espero abordar en futuras investigaciones: las masculinidades. Más allá de ello, por lo que representó este durante mi quebrantar: un espacio de reflexión intrapersonal en un no-espacio que me llevó a cuestionar mis cuestionamientos; un proceso de reencuentro con mi escritura sin soslayar el disfrute del oficio; y, más importante aún, una (re)conexión más humana con la utopía sin considerar su abandono y, mucho menos, sin pretender descuidarme en el proceso del intento. Sin dicho quiebre, mi quiebre, las notas de un aterrizaje por escala no se hubiesen materializado.

FIN

Autor