Revista trimestral sobre Puerto Rico y Estados Unidos: análisis, opinión, crónicas e investigación


¿Después qué?, sino la tierra y su memoria le dice: ¡ahora es cuando!

 

 

Por Rafael Bautista  S

Solo una voluntad que no es libre se pregunta: ¿después quién? ¿Hay otro líder? Porque solo un esclavo busca a quién obedecer de nuevo. El esclavo no es dueño de nada, ni de su tiempo, ni de sus decisiones. No es libre quien se cree libre, sino aquel que alcanza la autoconciencia histórica y la creación de una subjetividad libre en un proceso que encarna su propia liberación. Por eso los momentos críticos son dramáticos: o se reinventa el pueblo o perece.

Decía Fidel: «cuando el pueblo crea en sí mismo, se hará la revolución». En ese proceso de maduración histórica y política es que nace, de las entrañas mismas del pueblo, el líder. Por eso no es nunca primero el líder, sino el proceso de organización molecular que ya presenciamos con los “autoconvocados”, el 2019, cuando vencimos al golpe fascista y recuperamos la democracia. Primero es la constitución del pueblo como pueblo en tanto que pueblo[1], como sujeto, como “poder popular”. El líder es ese plus que se produce una vez que el pueblo en tanto que pueblo, alcanza el óptimo crítico de horizonte utópico; cuando le nutre, como anticipación, en el presente, la cosecha de su propia semilla[2].

Estamos ante una novedad nunca antes pensada y, por eso, no tematizada en la reflexión estratégica. René Zavaleta siempre decía: no es que en Bolivia haya mucha política, Bolivia es la política; lo que en otros lados sucede de modo superficial, en Bolivia sucede de modo esencial[3]. Nuestro país no es sólo laboratorio de nuevas formas de infiltración estratégica de consolidación del poder imperial sino también es laboratorio de nuevos métodos de lucha, resistencia y transformación revolucionaria.

En la actual transición civilizatoria tiene más sentido el hecho de que resistir significa existir. El mundo mismo está atravesando esa experiencia: la lucha se ha hecho decididamente existencial. De ese tamaño es la envergadura del método crítico del principio esperanza[4]: crear un mundo para todos, es un parto que se fecunda en las entrañas mismas de un proceso, que hace comparecer a todos los tiempos en un presente cuyo drama consiste en darle una direccionalidad a su conmoción histórica. El parto es el porvenir que nace en el jadeo mismo del nuevo tiempo que está naciendo.

Por eso la revolución no trata de otro ciclo, sino de una nueva historia, de otro tiempo, donde los excluidos ya no luchan por una inclusión excluyente, sino por una transformación del mundo y de la vida. Esa es la apuesta que separa, sin medias tintas, lo verdaderamente humano de lo meramente funcional a la totalidad ontológica del orden vigente. Por eso luchar por los excluidos, negados y oprimidos, por la humanidad del otro (que es la pesadilla del ego liberal, autocentrado en sí mismo y sus intereses particulares), es lo que nos devuelve la humanidad perdida. Es la forma más humana y hermosa de existir.

Esa humanidad debe enfrentarse ahora a la forma más despiadada –por cínica y abiertamente genocida– del dominio exponencial desatado desde 1492. Por eso Occidente y su expresión más acabada, la modernidad, se inventa Cruzadas para hacernos creer que el verdugo es siempre inocente, que la culpa es siempre de las víctimas. Por eso los presidentes cipayos del Imperio (en desplome existencial) se ofrendan para seguir ofreciendo la vida de sus pueblos a la gula del capital, al Moloch de este tiempo (el Dios que reclamaba sangre humana y, sobre todo, primogénitos; y es lo que los “archivos Epstein” muestran en la decadencia moral del mundo moderno: el comercio perverso con infantes).

En ese contexto, el presidente boliviano Rodrigo Paz ha dimitido, a espaldas de su propio país, ante Washington, y dado lugar a un mando de ciberseguridad, militar y financiero. Sus últimas declaraciones son guiones que le han sido impuestos para no resignar las encomiendas imperiales. “No hay diálogo con los violentos”, dice el que promueve la violencia, llamando a la sociedad civil a sumarse al ejército y la policía a enfrentarse con los “violentos”. Ese mensaje se va haciendo más explícito con las últimas detenciones y persecución a dirigentes populares, sin que ya pueda desmentirlo la demagogia jurídica que declara una transición “legal” al literal terrorismo de Estado.

El nuevo eufemismo que se va decolorando en esta operación se llama “acción humanitaria”, e involucra a la sociedad urbana a sumarse a los militares, o sea, a ser cómplices de algo que ya no será sólo atribuible a los aparatos coercitivos del Estado. ¡Que la sangre y la maldición caiga sobre todos! Es el pacto sanguinario que pretenden instalar, mientras los operadores brinden, en la distancia, por otra operación exitosa. Por eso no habrá diálogo, ni salida de la crisis, en esta impostura asimétrica que se cierra aún más en esta apuesta de sangría exponencial.

En palabras de Maquiavelo, al no confiar en su propio pueblo, se puso a pactar con príncipes de mayor peso y poder, sin saber que éstos le llevarían a su ruina. Ahora ya es tarde, pues tendrá que cargar solo con el muerto, es decir, lo que quede de un Estado quebrado, habiendo cruzado una línea que sólo ahondará el vacío institucional, la fractura nacional y un repuesto orden de acosamiento sistémico continuo contra el pueblo.

De eso trata la amplificación geopolítica del plan Gaza en Sudamérica: demonizar la humanidad del indio para justificar su aniquilación y provocar la ignición de una guerra civil en nuestros países y la balcanización ya calculada. Ahora se trata de feudalizar a nuestros países, negociando con las elites locales nuestra reducción a protectorados ya no regentados por otro Estado, sino por los fondos de inversión anglosionistas.

Si los imperios hacen algo mejor que nadie, es ocultar sus impotencias. Washington sabe que lo único que le queda (en su lucha existencial contra China, Rusia e Irán) es su backyard. Perdió en Ucrania e Irán; ya no posee a discreción, la base energética global (ni su producción ni su distribución, por eso negociar le resulta insultante a Trump, quien figura en la tapa del libro de Donald Schwartz, The Art of the Deal)). Por eso balcanizar a Sudamérica, mediante conflictos transfronterizos entre Estados fallidos, operados interna y externamente, e invadir Cuba, Venezuela y hasta México (y dejar que hagan su tarea las derechas de Brasil y Colombia), es una apuesta elevada al estilo farol en el poker, contra la iniciativa china de “la Franja y la Ruta”.

En Medio Oriente se pretende reconfigurar la geopolítica global, mediante el asalto a toda una región de activos energéticos y ubicación geoestratégica. El irredentista proyecto del “Gran Israel” es la apuesta del orden unipolar; no sólo para contener la expansión de China sino para socavar la conectividad energética del proyecto de “la Franja y la Ruta”, además de boicotear definitivamente a Rusia y la OPEP y quitarles toda carta disuasiva en la geopolítica del petróleo. Con tal proyecto, se haría realidad el “Corredor Económico India-Medio Oriente-Europa” (IMEC), que Netanyahu presentó en la ONU como el “gran acuerdo del progreso y la libertad”; para lo cual deben desaparecer Gaza, Líbano, Siria e Irán[5].

Con la alternativa del canal Ben Gurion (conexión geoestratégica del IMEC), tanto el estrecho de Ormuz como el estrecho de Bab-al-Mandab y el canal de Suez, quedan anulados en su importancia estratégica. El BRICS mismo se halla comprometido, después de que el grupo indio Adani se consolida como el mayor comprador del puerto israelí de Haifa, en una jugada que pretende minimizar la importancia global del estrecho de Ormuz.

Por ello, los países envueltos en el “Board of Peace” que oferta Trump (que es un menú costoso, donde, o eres comensal o puchero), no sólo financian la guerra, sino que compran un pedazo del pastel que significaría el nuevo y definitivo asalto a las necesidades de energía global, por medio de ese corredor geoestratégico más ventajoso y lucrativo para el anglosionismo. En esos planes, el decadente orden unipolar que regenta el Imperio en crisis existencial sólo ve, en los pueblos y Estados a exterminar, fichas obsoletas que no le son útiles en el reseteo geopolítico, geoeconómico y geofinanciero global que se propone y que, inevitablemente, supone una colisión global que calcula (y mal) con los BRICS.

Ante la conjunción de las potencias emergentes, reunidas en el BRICS, se trata de una lucha existencial para Occidente; por eso el Deep State  considera la guerra un costo necesario y hasta beneficioso (incluso USA e Israel no le interesa como países sino sólo como ejecutores del plan imaginado). Por eso en la guerra contra Irán, Occidente básicamente expone su crisis civilizatoria –la modernidad– devenida en crisis de sentido existencial. El orden unipolar trata de reorganizarse a costa del mundo entero y, en Latinoamérica, a costa de la existencia misma de nuestras naciones; mientras el mundo multipolar debate todavía opciones globales de reconfiguración geopolítica que les permita subsistir.

En ese contexto es que manda a llamar a Paz antes de su asunción a la presidencia, para establecer los términos de su obediencia; que después la rubricó en la “carta de intenciones sobre minerales críticos” (es decir, sobre el litio, las tierras raras, minerales críticos, entre ellos el wolframio y el uranio boliviano). No  es casual ni meramente formal el respaldo del “Escudo de las Américas” o los gobiernos domados por lo que sea que llama lenguaje Donald Trump. Ya lo señaló Marco Rubio y, recientemente, el secretario de guerra, Pete Hegseth, al rechazar todo intento de derrocar a Rodrigo Paz: “Bolivia no debe permitirse volver al dominio narcoterrorista”. Bolivia está siendo ofertada a los buitres, con cálculo del genocidio ya previsto y hasta auspiciado por el racismo vigente de la clase media urbana, que actúa siempre como el nicho de reclutamiento de la defensa de los valores oligárquico-señorialistas.

Aunque ya lo expresamos en otro lugar, lo que no entra nunca en el cálculo imperial –porque no es asunto de cálculo– es la incógnita dura de esa ecuación geopolítica: el factor pueblo. Por eso los políticos son ingenuos, porque creen que son imprescindibles, cuando hasta los servicios de seguridad no están para proteger al presidente sino para decidir cuándo prescindir de él. La historia se repetirá, como  señalo Karl Marx; lo que primero fue tragedia será después pura farsa.

Y otra vez será nuestro pueblo el que dirima la trama de este teatro estratégico y ya no algún aventurero inventor de hipótesis sietemesinas que confunda su papel de intelectual orgánico y se instale como el sujeto sustitutivo de un genuino proceso revolucionario que, a nombre de lo indígena-plurinacional, sólo repuso esa cultura política movimientista (MNR-MIR-MAS)[6] que heredó la peor mezcolanza de los advenedizos que, diestros en el llunq’erío (lisonjeros, zalameros y adulones), se colaron desplazando y desprestigiando al factor indígena, siendo éste el imputado de todos los dislates que se cometían en su nombre.

Gracias a estos nunca gobernó el indio sino hasta corrompieron a sus dirigencias, siendo la inventada presencia mesiánica del Evo, la única garantía que buscaban para lucrar política y económicamente del “proceso de cambio”. Se dice y, con razón, que la corrupción se inicia por el desconocimiento del lugar de la soberanía original. Cuando se usurpa el poder popular y se desplaza el origen de toda soberanía, todo se corrompe por inercia; cosa que ya llegó al absurdo en el retorno del MAS con Luis Arce.

Como ya lo señalamos: estaban administrando un cadáver. El Estado que debían transformar solo les demostró que sus conciencias y apuestas eran presas de ese Estado. De plurinacional solo tenía la apariencia simbólica. A eso redujeron la lucha indígena popular, a su folklorización. Siguen usufructuando de algún beneficio que les pueda todavía gotear del liderazgo diluido del Evo.

Entonces la pregunta no es la que redunda el presidente y su gobierno, y la repiten los “pititas” (esa clase media que actúa siempre defendiendo los valores oligárquico-señorialistas): ¿quién está detrás de los movilizados? Eso delata una total ausencia hasta de sentido común. El negacionismo “pitita” imagina que todo movimiento popular actúa como ellos, que, en el 2019, bajo protección paramilitar, pervirtieron los métodos populares de lucha y se brindaron, sin que los medios se escandalizaran, a justificar una ruptura del orden democrático y constitucional, tendiendo la alfombra roja para alojar, en la convivencia social, la pura política del odio.

Ahora reactivan su desprecio al pueblo movilizado y se escandalizan de los excesos, cuando fueron –los “pititas” mismos– los que siempre exhibieron su irracional y creciente carácter fascista. Su incompetencia política fue la que cerró las puertas a la resolución pacífica y abrió las puertas de la intolerancia y la venganza como única moneda de cambio político e ideológico.

La demonización del indio produjo inevitablemente la opción por la violencia antes que el diálogo político. Se inventaron un monstruo para librarse de él, pero esa operación les reinventó. Ahora, acusando al indio de todo, creen estar limpios de toda culpa, pero eso sólo hace que se retraten a sí mismos y eso no los deja en paz.

Por eso la pregunta no es aquella, sino: ¿qué intereses están detrás de la tozudez, las amenazas solapadas y la desubicación proverbial de Paz y su gobierno? Su legitimidad se desploma no solo por el incumplimiento de sus promesas electorales, sino por su decidida apuesta antinacional y entrega de la soberanía estatal al poder imperial que, para colmo, ya no le interesa mantener gobiernos títeres, sino que, en su decadencia, está más que dispuesto, por su pura sobrevivencia, a destruir hasta a sus propios socios (como en Europa) y lacayos (como en Latinoamérica).

En los últimos tiempos, a escala global, la retórica occidental ha consistido en dar por muertos, Estados que ahora no sólo no han fenecido, sino que están generando un nuevo reordenamiento del tablero geopolítico. Es decir, la realidad es siempre distinta de lo que se inventa mediáticamente. Un Estado no muere ni siquiera por insolvencia. Los motivos son otros y exceden la excesiva importancia que se le da a los fragmentarios diagnósticos economicistas. Un Estado acaba cuando pierde todo sentido de existencia. Esto es lo que le conduce al desmoronamiento cultural, social, político y económico (lo que sí está pasando en Europa y  Estados Unidos).

Por ello, la crítica que ya iniciamos con el segundo volumen del Pensar Bolivia[7], insistía en que, el abandono de las banderas del “proceso de cambio”, o sea, la no transformación estructural del Estado colonial-republicano-señorial en Estado plurinacional, iba a conducirnos al vaciamiento del sentido mismo del cambio. En consecuencia, a la reposición de las prerrogativas del Estado colonial y su disputa patrimonialista. Esto es lo que fue desinflando la mística inicial del “proceso de cambio”, que debió siempre entenderse como revolución democrático-cultural.

Sin embrago, el MAS, en sus 14 años + 5, no supo comprender la incompatibilidad del concepto liberal de Estado-nación –concebido para mantener nuestra condición periférico-colonial– con las expectativas creadas por el nuevo óptimo nacional encaminado ya a constituirse en poder popular. La disputa doméstica que estamos presenciando son la consecuencia de que “el gobierno del cambio” jamás comprendió los auténticos desafíos que había que enfrentar y esto significó también que nunca advirtieron la crisis estructural del Estado-nación (y su versión criollo-mestiza) en su verdadera dimensión.

El MAS nunca comprendió eso, teniendo la posibilidad, desde el proceso constituyente, de poder encarar el reto de recomponer estructuralmente un Estado reconfigurado en torno al horizonte político propuesto por el nuevo sujeto plurinacional. No sólo cedieron esa posibilidad sino inclusive, una vez aprobada la nueva constitución en Oruro (porque las fuerzas de choque oligárquicas la habían expulsado de Sucre), el propio gobierno, hizo posible que el orden instituido, el que debía de ser sustituido, se sobrepusiera al nuevo poder constituyente y quedase el Estado plurinacional encadenado en las prerrogativas de otro ciclo estatal del Estado colonial-republicano-señorial.

Eso lo denominamos un golpe de Estado al Estado plurinacional, un autogolpe del “gobierno del cambio”. Eso sucedió en las mesas de concertación, en Cochabamba, el 2008[8]. Allí se evidenció que la dirigencia masista, sobre todo el “círculo q’ara blancoide”, replicaba la paradoja señorial que Zavaleta le imputó al movimientismo: podían haber sido los gestores de una trasformación real del Estado, empero sus cabezas seguían dependiendo del Estado que los había parido.

Creyeron que con reformas circunstanciales se podía asegurar el poder necesario para darle vigencia a la gestión gubernamental, bajo la demagogia señorialista que, con nuevo rostro, esta vez indígena, el Estado-nación reponía su anacrónica presencia en un contexto que ya no iba a generarle las garantías de su permanencia. Sin cambiar el carácter liberal del señorialismo estatal, la dirigencia del MAS, no se dio cuenta de que, en realidad, sólo estaban administrando un cadáver. El Estado que había fenecido con la huida del último presidente neoliberal, era el mismo que se quería reponer ya por razones sólo instrumentales de cooptar todo el poder que pudiera.

En parte, el golpe del 2019, fue consecuencia del administrar un cadáver que, en su insistencia anacrónica, sólo regeneraba las condiciones, bajo las cuales, la disputa por el poder político era condición del ascenso social, o sea, del aburguesamiento clasemediero. Pues ese cadáver estatal, instituido como sistema político, se había extendido también como cultura política y social. Por eso el neoliberalismo no se propone cambiar al Estado movimientista porque éste se sostenía en la corrupción hecha cultura política y social; de ese modo, se podía barrer continuamente con la soberanía de una nación ofertada a la gula transnacional porque, tributario de la mitología democrática gringa, naturalizaba la obediencia social y política de su propio país a los valores liberales y burgueses. Anulado el sujeto, anulado el proyecto. Sólo así podía impedir la constitución del pueblo en bloque histórico y éste en sujeto político; lo que hemos denominado el pueblo en tanto que pueblo.[9]

En los 14 años del “gobierno del cambio”, también se continuó con el prebendalismo y el corporativismo dirigencial para empoderar sectores por pura conveniencia política. Si se realiza eso en el actual gobierno, es porque sólo saben replicar la gestión anterior. Así se observa que preservar el Estado colonial convenía para los únicos afanes de permanencia en el poder; “cambiar para que nada cambie” fue una apuesta que cercenó también la legitimidad del “gobierno del cambio”. También,  generó  otra vez las condiciones para justificar un retorno de las comedidas representaciones nacionales de los intereses imperiales pero, esta vez, al estilo “libertario”, para terminar de acabar con el Estado plurinacional y la esperanza de un país entre iguales.

La improvisada gestión gubernamental actual, nos demostró que el MAS no tenía ni idea de cómo remediar los desvíos y regresiones que provocaron las apuestas de la elite masista y que habían coadyuvado al golpe del 2019. Ni siquiera tomaron en cuenta que, la pérdida de legitimidad se convierte inevitablemente en una transferencia de esa legitimidad hacia una derecha que fue y sigue recibiendo, sin merecerlo (porque además toda esa rancia hermandad estaba involucrada en la ruptura democrática y constitucional del golpe del 2019), la confianza renacida de una sociedad urbana domesticada en la propaganda.

Un honesto, adecuado y necesario diagnóstico del estado del sistema político boliviano, debía de estimular la profundización del proyecto plurinacional y la adopción categórica del “vivir bien” como horizonte político. Porque el zombi político que, como cadáver, deambulaba entre los estertores del fascismo señorialista, era el Estado heredado de la revolución de 1952.  Consideramos que se trataba y se trata de un cadáver porque, como sistema y cultura política, es la podredumbre que intenta reponerse en toda aventura emancipatoria que sólo tramita un mero cambio de elites.

Del mismo modo y hasta afirmado por los analistas financieros y los mega-especuladores, cuando se refieren a que el sistema financiero está roto, nuestro sistema político está podrido. Cuando todo el sistema está corrompido, su necia continuidad no hace más que acelerar el derrumbe de todo el Estado, sea cual sea éste. Que la derecha no se dé cuenta de aquello, se entiende, pero que el MAS, en todas sus versiones, desde el evismo hasta el arcismo, sean ciegos al respecto, no hace sino coadyuvar aún más a su propio derrumbe como auténtica opción política.

Desde el gobierno de los 14 años, no interesó la trasformación estructural del Estado sino sólo parchar sus deficiencias y administrar, en lo posible, sus prerrogativas de funcionamiento. Pero ni aquello supuso logros estratégicos, ya que, si de un cadáver se trataba, su vida dependía, en última instancia, de la cesión de voluntad de vida que precisaba para aparentar una existencia al menos fingida. El problema era que esa cesión era cesión de voluntad de vida de su propio pueblo y aquella existencia lograda sólo insistía más en su carácter de “Estado aparente”.

Ahora que los evistas pretenden “salvar Bolivia”, no se dan cuenta que, en realidad, preservar el actual orden instituido es seguir clavando la efigie del proyecto plurinacional (por eso llaman “salvar Bolivia” a lo que, en realidad, es sólo retornar al poder, sea como sea, cueste lo que cueste y pactar con quien sea). Nadie se da cuenta que, si el propio sistema está podrido, todo intento por preservarlo acelera la demolición planificada de la propia soberanía estatal. Si todo su plan de gobierno no contempla transformar lo que la propia elite masista se encargó de preservar en los 14 años, que es el carácter liberal del ordenamiento jurídico-administrativo del Estado, se entiende que su lucha no es por remediar nada, sino por una pueril pugna de poder con el arcismo.

¿Por qué, por ejemplo, fracasa el “modelo económico social-comunitario”? Porque nunca se removió nada del carácter liberal de la economía, lo cual dejó incólume la propia estructura colonial dependiente de Estado periférico. La nueva elite que desplazo al sujeto plurinacional y se puso como sujeto sustitutivo incluso ufanamente se puso a celebrar la fórmula espuria del “capitalismo andino” como proyección del “modelo económico”. En esas pretensiones ya se podía imaginar la tozuda insistencia en preservar un Estado que ya no tenía ninguna actualidad, sobre todo, en una crisis civilizatoria que presagiaba el fin del globalismo y la mitología del libre mercado que, ahora, ni   Estados Unidos está dispuesto a admitir.

Una necesaria lectura geopolítica, en el momento de asunción del gobierno arcista, debía de proponerse actualizar, por lo menos, un “modelo económico” que distaba mucho de ser plural, cuando toda la normativa jurídica sólo estaba y está diseñada para amparar, proteger y desarrollar únicamente las estructuras capitalistas de dependencia en un país periférico-colonial.  No obstante,  lejos de enmendar siquiera alguna acentuación capitalista del “modelo económico”, sin imaginación ni lucidez alguna, sólo se dieron a la tarea de un continuismo lineal que iba a hacer aguas en la creciente curva de dislocación entre un sistema económico global desorientado y un poder financiero que apunta a un reseteo mundial.

El “modelo económico” fracasa, porque insistir en la matriz de una producción para la exportación, no tenía en cuenta que las nuevas potencias emergentes, no sólo alteraban el diseño geoestratégico de los circuitos de suministros, sino que redirigían la economía mundial hacia otros destinos, lo cual implica una nueva cartografía de las rutas comerciales. Todo ello significaba adelantarse en medidas de redirección del destino de nuestra producción, además por razones estratégico-geopolíticas. Por ello, ya señalamos con anterioridad que, antes de festejar ingenuamente el concepto de “industrialización con sustitución de importaciones”, lo que debía de pensarse era un nuevo concepto de industria (en la nueva escenografía postindustrial) con sustitución de paradigmas.

Ahora estamos al borde de ver hipotecada la viabilidad del Estado boliviano. Desde la ley Marikonvic[10], para beneficio de la especulación de la tierra, se corroboró un plan premeditado de colapsar las capacidades estatales. Luego fuimos sorprendidos por la comercialización de la “gasolina basura”; el perdonazo tributario a la élite económica exportadora, como corroboración de la complicidad gubernamental en la ausencia de divisas.

El incremento de la deuda en tan pocos meses ya indicaba el nulo interés en fortalecer el aparato productivo público; a consecuencia de ello viene la justificación para privatizar las empresas estratégicas (al más puro estilo neoliberal) y, con tal libreto, vaciar al Estado de todo ingreso y hacerle depender de la deuda externa para cumplir sus responsabilidades meramente administrativas.

Ese desfalco estatal es un provocado colapso para reponer su carácter limosnero y así poder capitular su soberanía. Por eso el gobierno empezó a firmar acuerdos ofreciendo toda nuestra riqueza estratégica. Los últimos acercamientos con el FMI, se realizan al mismo tiempo de la igualación del dólar con la estimación paralela, lo cual ya es una devaluación proyectada de la moneda nacional; el incremento de las tarifas de los servicios públicos, con el fin de su privatización inmediata (que es siempre exigencia de esos organismos), con proyectos de ley que afectan la viabilidad de empresas estratégicas en el sector energético y comunicacional (así como en el proceso de capitalización se enajenaron las funciones estratégicas del Estado, ahora capitales más voraces exigen el desmantelamiento total de éste). Se planea abrir la constitución de modo ilegal con la complicidad del Congreso (eliminando artículos referentes a recursos naturales, hidrocarburos, minería y metalurgia, recursos hídricos y energía), para favorecer a la geoeconomía del dólar y brindarle a Washington, como tributo obligado, minerales críticos, tierras raras, litio, agua, tierra y todo recurso estratégico para sostener su disputa geopolítica global a costa nuestra.

Sin mencionar el nepotismo descarado vinculado a las vergonzosas muestras de corrupción en todo nivel y la develación impúdica (hasta internacional) de cómo el narcotráfico permea las más altas esferas gubernamentales (sin que haya muestras siquiera de algún interés de aclaración del presidente y sus ministros más cuestionados). Todo ello bajo la cacofónica calumnia de narcoterrorismo (por los mismos involucrados, ya sea por acción u omisión), a toda protesta que pida cuentas por semejantes despropósitos (mientras pretende sostenerse con bonos policiales para reprimir, además de corromper dirigencias sociales mediante favores ocasionales); criminalizando al mismo pueblo que le otorgó su confianza y ahora, entre el desprecio y el ninguneo de los cuales son objeto, ve defraudadas sus expectativas.

Es el gobierno y el sistema político neoliberal repuesto, el que realiza el verdadero bloqueo al futuro de un país, con la complicidad de una sociedad apática e indolente –domesticada por la narrativa señorial– que ha expuesto su necedad al culpabilizar de la crisis a los únicos que nos advierten, desde su propia memoria histórica, a dónde nos ha de conducir está traición disfrazada de barata demagogia chauvinista.

Los cipayos de la élite gubernamental, tendrán siempre dónde escapar, protegidos por los que realmente mandan; pero nuestra nación puede quedar destrozada, al borde de una embrionaria guerra civil, lo cual será incluso calculada y administrada por los mismos poderes detrás del gobierno.  Por otro lado,  la famosa clase media, que solo ve su conveniencia y su beneficio particular (si es que todavía los verdaderos ladrones les dejan algo), verá absorta todo aquello que coadyuvó, sin darse cuenta, a destruir. Será tarde, pero, para sus burdas creencias, la culpa siempre la tendrán los indios.

Con el Estado de excepción, que ya no se concibe como un simple “estado de sitio”, el gobierno pretende usurpar la soberanía política y apunta a darse facultades únicas, como soberano absoluto que decide la suspensión del orden jurídico, Schmitt dixit. Con esta desposesión ilegítima de la soberanía política (necesaria para conducirnos a la condición de Estado fallido), se exime de todo acuerdo que haya rubricado, por ejemplo, con la dirigencia de la Central Obrera Boliviana, COB (que se hace cómplice de esta teatralización de “pacificación”). Es más, la propia dirigencia cobista le ha brindado el mejor argumento –al gobierno de Paz– para desatar la represión anunciada de modo hasta intimidante, para contaminar la propia convivencia social con una incertidumbre hasta sádica: quienes siguen movilizados no quieren la paz, son “vándalos, financiados por el narcotráfico, que actúan en contra del país”.

La elite dirigencial obrera, acude a su “conciencia de clase”, que nunca ha sabido desentrañar la racialización presupuesta en la propia clasificación social, para confirmar que, dentro de esa clasificación, que aceptan para ser “incluidos”, hasta los obreros son reconocidos por el Estado, mientras los indios nunca. Por eso, sin darse cuenta, abandonan a los indios y se suman a la retórica oficialista: “si siguen bloqueando es que son indios, o sea, irracionales”.

Hay que decirlo: el sindicalismo tocó sus límites históricos. El puro cálculo político de su elite dirigencial, sólo dio lugar a refrendar el señalamiento racista hacia el indio. Dos acuerdos previos ya acabaron de echar por tierra la tradición revolucionaria minera en la historia obrera de nuestro país. Primero fueron los favores a los espurios intereses de los cooperativistas mineros, después,  cómo se vendieron los mineros de Huanuni y Colquiri al gobierno; los fabriles también recularon en su fidelidad popular. Finalmente, el acuerdo que firma la COB (que sólo era protagonismo mal calculado), además anacrónico e ilegítimo (cuando la resistencia era más rural) y no una genuina representación política, acaba de arrojar a los escombros de la historia su condición de vanguardia. Jugó su existencia, sin darse cuenta que estaba metida en un fiasco demagógico. No sólo dejó de ser vanguardia, sino que se ha hecho ya prescindible para el bloque popular.

Su propio desfase histórico-político ha hecho posible, muy a su pesar, la transferencia de legitimidad y soberanía popular al sujeto que siempre fue desconocido hasta por la propia dirigencia proletaria. El indio como horizonte político ahora es, por merecimiento propio, el sujeto orgánico revolucionario, el resto crítico del bloque popular.

Esto cambia, por completo, la apelación histórica de la política y el horizonte utópico que adquiere la lucha revolucionaria. Cambian, por necesidad y consecuencia histórica y revolucionaria, hasta los métodos de lucha; porque estos surgen y se organizan desde el posicionamiento orgánico de los sujetos en el campo político. Ello significa que la izquierda se queda sin sujeto revolucionario, en consecuencia, sin referencia orgánica. El anacronismo de un sujeto modélico abstracto (el universalismo proletario) en la “crisis civilizatoria”, significa también el anacronismo de una supuesta ideología infalible. El fracaso histórico del socialismo del siglo XX y del XXI, clama por una nueva recensión de la obra de Marx, a la luz de la emergencia de los sujetos que, por cinco siglos, han resistido al sistema-mundo moderno y hasta han sido capaces de reinventar la propia nomenclatura izquierdista global, pero nunca tomados en serio por los dogmas de la izquierda “progre”.

El poco de dignidad que nos queda, como país, lo encarnaron siempre ese resto que, como nación clandestina, ha logrado sobrevivir hasta ahora, para defender lo que los “pititas” no valoran ni agradecen: la tierra que nos brinda todo para vivir.

La última declaración de la Organización de Estados Americamos (OEA) y los países lacayos reunidos en el “Escudo de las Américas” (que se produjo con la comedida petición de un conocido político nacional, agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Tuto Quiroga) y expresidentes alineados a la geoeconomía del dólar (como su Dios sustituto), delata un plan de cerco y estrangulamiento geopolítico a la existencia nuestro país. De ello tendrán que responder a los cielos y la tierra, los que eligieron ser anti-pueblo y anti-nación y alineados con advenedizos (como la oligarquía croata-cruceña) que sólo por concluir sus negocios, no les importa la balcanización de un país que nunca admitieron como suyo.

La Paz, Chuquiago Marka, junio de 2026

 

Rafael Bautista S – Es escritor y pensador boliviano. Estudio música, literatura y filosofía. Ha publicado 20 libros, entre los cuales están: Pensar Bolivia del Estado colonial al Estado plurinacional (Vol. I y II, 2009, 2012); ¿Qué significa el Estado plurinacional? (2010); Hacia una Fundamentación del Pensamiento Crítico (2011); La Descolonización de la Política(2014); Del Mito del Desarrollo al Horizonte del vivir bien (2018); El Tablero del Siglo XXI. Geopolítica des-colonial de un orden global post-occidental (2019), El ángel de la historia. Vol. I y II (2021-2024); Hacia la Universalización de los Códigos del Vivir Bien (2025). El 2021, ha sido director general de la “Dirección de Geopolítica del Vivir Bien y Política Exterior” de la vicepresidencia del Estado; forma parte del consejo editorial del “Bolivian Studies Journal”, de la Universidad de Pittsburgh, USA. Dicta conferencias, seminarios y cursos, a nivel nacional e internacional. Dirige “El taller de la descolonización”, La Paz, Bolivia y es columnista en diversas páginas de información y pensamiento alternativos, sobre descolonización y geopolítica.
REFERENCIAS

[1] Ver nuestro libro: El ángel de la Historia. Genealogía, ejecución y derrota del golpe de Estado. 2018-2020, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, 2021.

[2] A lo que llamamos consciencia anticipatoria, ver op. cit.

[3] Ver Zavaleta Mercado, René: Lo Nacional-Popular en Bolivia, Siglo XXI, México, 1986.

[4] La esperanza, como horizonte utópico, pasa a ser un principio de la praxis política en tiempos de “crisis civilizatoria”. La profundidad de la crisis a nivel global nos impele también a pensar la radicalidad de un pensar que piensa lo digno de pensar hoy en día. Ver nuestro trabajo en preparación: El método crítico de la ética y el método ético de la crítica.

[5] “Netanyahu necesitaba de una justificación para invadir Gaza y proyectar aquello que encandiló a la audiencia diplomática de la ONU, cuando presentó el IMEC o “India Middle East Europe Economic Corridor”, como alternativa occidental al corredor geoestratégico Norte-Sur que planeaba conectar a Rusia con la India, vía Irán, y al “Belt and Road Initiative” o Ruta de la Seda china. Ese proyecto fue presentado el 22 de septiembre en la Asamblea General 2023 de la ONU, como el “más grande proyecto de cooperación que cambiará la fisonomía del Medio Oriente y beneficiará al mundo entero, trayendo paz y prosperidad”, Netanyahu dixit. Y frente al mundo entero, sin que nadie objetara nada, mostró el mapa del “nuevo Medio Oriente”, borrando por completo a Gaza (tal vez por eso, salvaguardando todos sus propios negocios –como corroborando que se trata de la única ideología aceptada–, hasta la “Liga de los países árabes” no pasa de declaraciones tímidas y sin ningún efecto real ante el genocidio desatado contra los palestinos de Gaza; siendo los hutíes quienes debieron demostrar la vulnerabilidad exponencial del propio Occidente cómplice del genocidio). El proyecto IMEC no puede traer ninguna “paz y prosperidad” para esa región, sabiendo que, de realizarse, significa la anulación de Irán y Egipto como corredores estratégicos de suministro global”. Bautista S., Rafael: La geopolítica del Anticristo y el derrumbe del mundo libre, revista Archipiélago, UNAM, Mexico, septiembre, 2024

[6] Movimiento Nacionalista Revolucionario, Movimiento de la Izquierda Revolucionaria y el Movimiento Al Socialismo. Ver nuestro ensayo en torno a la figura vicepresidencial del binomio Evo Morales-Alvaro García Linera, que fue uno de los operadores del viraje señorial y eurocéntrico que la izquierda arrastra como parte de su tradición colonial: El 18 Brumario del Qhananchiri, en Pensar Bolivia del Estado colonial al Estado Plurinacional. Vol. II. La reposición del Estado señorial: 2009-2012, rincón ediciones, La Paz, 2012.

[7] Rafael Bautista S.: Pensar Bolivia del Estado colonial al Estado Plurinacional. Vol. II. La reposición del Estado señorial. 2009-2012, rincón ediciones, La Paz, Bolivia, 2012.

[8] Ver: ¿Estado autonómico o Estado plurinacional?, en Rafael Bautista S.: El tablero del siglo XXI. Geopolítica des-colonial de un nuevo orden post-occidental, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, Bolivia, 2019.

[9] Ver Rafael Bautista S.: El Ángel de la Historia. Volumen II. La disputa del arco sudamericano y la geopolítica del reseteo global. 2020-2024, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, Bolivia, 2024.

[10] Promovida por el senador Branco Marinkovic, para flexibilizar los cordones legales de las tierras dotadas por el Estado a las pequeñas propiedades; de modo que pueda adquirirlas el capital privado mediante trampas legales que abre la ley 1720, promulgada este año.




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