

Justo cuando comenzamos nuestro primer recorrido por Nápoles, nos topamos con un primer puesto callejero de artesanías ubicado en la vía Bennedetto Croce, al lado de la Piazza Gesù Nuovo. Nos detuvimos en el puesto del artesano porque nos llamó la atención que sólo vendiera unos pequeños cuernos torcidos de color rojo. Le preguntamos qué era eso y su contestación fue dirigida a explicarnos sobre el material del cual estaba hecho.
Nuestro vocabulario italiano, limitado, no nos permitió aclararle que nuestra pregunta no era sobre el material sino por el objeto mismo. Así que nos fuimos de allí sin saber que aquel pequeño cuerno torcido color rojo era un “Cornicello”.
Tampoco sabíamos que aquel sería el primer encuentro con una Nápoles que guarda secretos que, contradictoriamente, están a la vista de todos. Como Pulcinella, el personaje emblemático de la ciudad, que esconde su alma detrás de una máscara y que, como todo enmascarado, presenta su ser a la misma vez que lo oculta. Y así es Nápoles, una ciudad llena de callejuelas laberínticas como si de un juego o travesura citadina se tratara. Munaciello, su otro personaje emblemático, es un duende que se esconde para hacer travesuras: hace aparecer objetos donde no estaban o desaparece objetos de los lugares, tumba cosas al piso o hace ruidos en las noches.

Quizás fue Munaciello quien hiciera desaparecer una artesanía que había comprado o quien quizás hizo que, de la nada, se cayera el cristal de la bañera en el cuarto de hotel donde nos estábamos alojando. Dentro de la vibrante y caótica ciudad, de momento aparecen objetos o monumentos valiosos que habían pasado desapercibidos. Detrás de un tendero de ropa se puede encontrar unas ruinas griegas o, entre grafitis, la entrada a algún monumento histórico. Hay algo de juego, de superstición y magia en esa ciudad, y para apreciarlo hay que mirar más allá de la mirada turística.

Luego de llegar de Pompeya, y de vuelta al casco antiguo de Nápoles, recordé un documental sobre una ciudad que tenía un culto particular a los muertos. No recordaba el nombre de la ciudad, pero iba sospechando que se trataba de Nápoles. Una corta búsqueda en internet confirmó mi sospecha y nos dimos a la tarea de buscar una iglesia/museo que guarda una calavera con orejas y que forma parte de uno de los santuarios donde se rinde culto a las almas del purgatorio. Entre callejuelas y escondida a la vista de los turistas, pero en el mismo centro histórico, encontramos la Chiesa di Santa Luciella. Se trata de una pequeña iglesia, convertida en “museo” y que fue rescatada por un grupo de jóvenes que habían formado la Associazione Culturale Respiriano Arte, al enterarse de la existencia de dicha iglesia a través de un libro antiguo titulado Le Chiese Perdute di Napoli (Las iglesias perdidas de Nápoles).

Entramos al museo y una joven nos sirvió de guía a las únicas 4 personas que estábamos allí. Descendimos por unas escaleras para poder llegar a la cripta. Mientras bajábamos, un molestoso olor a muertos se intensificaba al acercarnos al recinto. Ya allí, en la cripta, la muerte con sus olores se hacía evidente. Había un silencio, de más está decirlo, sepulcral y un frío que agradecimos debido al calor de la ciudad. En ambos laterales de aquél espacio había tumbas cubiertas de ofrendas que también eran plegarias: monedas para pedir dinero, juguetes para solicitar un hijo, lentes para la sanación de la vista, entre otros. En las paredes se hacían notar los innumerables exvotos que los peticionarios iban dejando como agradecimiento a la petición cumplida. Cada exvoto tenía la forma o tenía grabado un ícono que representaba el favor recibido por los muertos: un corazón para el amor o para una operación cardíaca, ojos para la vista o la clarividencia, un infante para un hijo recién nacido, entre otros. En la parte superior de las tumbas había una cornisa que bordeaba toda la cripta y en ella estaban colocadas diversas calaveras que parecían observarnos como pidiendo ayuda o esperando alguna petición. Entre ellas, destacaba la calavera con orejas y a la cual los practicantes le confiesan, al oído, sus deseos y secretos. La joven guía nos colocó en el centro del recinto para comenzar su explicación. En aquel momento observé que ella tenía, colgado en su cuello, un “Cornicello” de oro.

Nos explicó sobre la práctica napolitana de rendirle culto a las almas del purgatorio. Una práctica que tiene orígenes en clases pobres que no podían celebrarle un entierro tradicional a sus muertos o porque sus muertos habían sido enterrados en fosas comunes por causa de plagas y enfermedades. A los fallecidos se les practica un drenaje que luego les permite separar el cuerpo de sus cabezas y así conservar la calavera. De esta forma, los muertos pueden hacer favores que solicitan sus vivientes, y los vivos, en la petición de favores, le dan una oportunidad a sus muertos para que puedan expiar sus culpas y facilitarle el camino de salida del purgatorio. De cumplirse la petición, se le brinda a la calavera un exvoto con el grabado del favor cumplido.

La iglesia católica declaró esa práctica como herética y fue prohibida. Así cerraron iglesias para evitar que las personas entraran a las criptas a rendirle culto a las almas del purgatorio. Sin embargo, ello no impidió que las personas siguieran realizando su práctica. Así comenzaron, nos dice la joven guía, a llevarse calaveras a sus casas o a colocar ofrendas en monumentos públicos que representan almas ya fallecidas. Como ejemplo de lo extendido de esta práctica, la joven guía nos dice que cuando vayamos a ver monumentos o estatuas nos fijemos en que, muchas veces, a los pies de dicho monumento hay monedas u objetos colocados como ofrenda. Nuevamente, recuerdo a Pulcinello y que el secreto del alma de Nápoles está a la vista de todos.

Por su parte, el museo Chiesa di Santa Luciella tiene la doble función de educar sobre esta práctica a los extranjeros pero también tiene una función de garantizar un espacio para que los devotos entren gratuitamente y rindan su culto a las almas del purgatorio. Al haber adquirido la propiedad, la Iglesia Católica no tiene potestad para intervenir en la práctica.
Entre todas las calaveras observé una que estaba al revés, puesta de cabeza. Indagué la razón y la joven nos contesta que alguien la puso así como castigo por no haberle cumplido una petición. Todos nos reímos por la ocurrencia. Posteriormente, la joven nos señaló un recipiente con hojas de papel para que le escribiéramos alguna petición a los muertos. Ninguno de los allí presentes nos atrevimos a escribir algo. Quizás porque no sabíamos qué escribir o quizás porque tuvimos temor a que se nos cumpliera alguna petición. Aproveché el momento para preguntarle a la joven por el “Cornicello” que llevaba puesto, ya que lo hemos visto por todas partes y no sabíamos lo que era. Como quien se quita una máscara, se abrió la parte superior de la blusa y nos muestra el “Cornicello” de oro que llevaba colgado en el cuello. Nos dice que es un amuleto que protege del mal, pero que sólo funciona si otra persona te lo regala. No funciona si lo compras para ti mismo. Nos dice que en Nápoles la mayoría lleva uno. Le pregunté si creía en eso. Se sonríe y nos dice: “Llevo uno puesto”. Posteriormente, nos señaló las escaleras para salir de la cripta. Comenzamos a subir y me percaté que aquel olor a muerto ya no me molestaba.

FIN
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